La bomba estalló en el desayuno.
-Señor. Su hermana le ha llamado por teléfono esta mañana.
-¿Mi hermana? ¿Mi hermana Ofelia?
-Así lo manifestó, señor.
-Es la única hermana que tengo, a Dios gracias. ¿Desde dónde llamaba?
-No sabría decirle señor.
No hubo tiempo para más disquisiciones. Sonó el timbre y, segundos después, Ofelia Victoria Catalina Fermanag, née Sans-Foy, condesa de Tyrconnel, entró en la habitación con el aplomo del condottiero Gattamelata.
-Hola, feo.
-Hola, calabaza. ¿Qué tripa se te ha roto?
-Necesito tu insignificante presencia en mis dominios. –Esto lo dijo mientras se servía MI té en MI taza, con la repulsiva familiaridad de quien te ha conocido en pañales-
-¿Has ahogado ya a esos monstruitos a los que llamas hijos? –le dije- De otro modo, me niego en redondo a compartir mesa y manteles.
-No seas imbécil. Tim y Toby son tus herederos. Algún día los llamarás desde tu lecho de muerte para suplicarles que acepten los insignificantes restos de tu desgraciada existencia.
-Muy improbable. Entre tanto, devuélveme esa taza. Porridge te traerá una.
-Tómate tu té y tu huevo revuelto. Te necesito en plena forma. ¿Qué hay en esta bandeja? ¡Arenques! Traiga un plato, Porridge.
-¿Te importaría sacarme de las tinieblas? ¿Qué quieres de mí, aparte de saquear mis víveres?
-Todo llegará. De momento, cómete ese arenque. Este otro me está mirando.
Los arenques fueron satisfactoriamente deglutidos, untadas las tostadas, y la tetera vaciada, antes de que pudiera enterarme de los cargos que se me imputaban.
-Los Forrester van a visitarnos en Killarney para las regatas. Tienes que venir. El honor de la familia está en juego.
-¿Los Forrester? ¿Fred y Endora Forrester? ¿Qué tienen que ver esos pelmazos yanquis con las regatas?
-Nos han desafiado a una regata familiar. Fred Forrester, su ayuda de cámara y sus dos hijos varones remarán contra tus adorables sobrinos.
-Mis apestables sobrinos son dos. Ahí faltan remeros.
-El tercero y el cuarto iban a ser mi marido y su primo Patrick, pero Charles tiene un ataque de reúma, y Patrick... está pasando una temporadita... en la cárcel.
-¿?
-No preguntes. La política irlandesa es complicada.
-¿Y pretendes...?
-Tú y Porridge completaréis la tripulación. Levántate. Tenéis que entrenar. La regata es el domingo próximo.
Si bien mi hermana dista aún de los estándares de autoritarismo que tan merecida fama han dado a tía Raspa, puede afirmarse que progresa adecuadamente en el cursus honorum de la tiranía. Quiero decir que en seguida se da uno cuenta de que toda resistencia es inútil. Cuando nos quedamos solos, interrogué a mi compañero de bancada:
-¿Qué tal rema usted, Porridge?
-En mis tiempos no lo hacía del todo mal, según dicen.
-Repetiré la pregunta. Fíjese en el tiempo verbal. Es importante: ¿qué tal rema usted, Porridge?
-Temo no estar en la debida forma, actualmente.
-Somos máquinas oxidadas. Vamos a tener que trabajar duro, si no queremos que el deshonor, la ignominia y el oprobio caigan sobre nosotros.
Dos días después, Porridge, mis sobrinos y yo surcábamos las frías aguas del lago Leane a la velocidad de un pato que se hubiera atracado de coles, caracoles o lo que diablos coman los patos.
-Esto es un desastre. Sobrinos, sois la vergüenza de la familia. Ése solía ser mi puesto, pero me habéis destronado como a un ciervo viejo.
-No... uf... tenemos... costumbre...
-...de remar tan temprano.
-Dejad de hablarme en contrapunto. Sabéis que lo odio.
-Lo...
-...sabemos.
En ese momento, vimos a lo lejos algo parecido a un fueraborda peinando el agua hacia Innisfallen, como un cormorán que temiese llegar tarde al pub.
-¿Eso son los Forrester?
-Así parece, señor.
-¡Reman como malditos posesos!
-Su peor tiempo son 19 minutos, 10 segundos, señor.
-¿Y el nuestro?
-Creo que el señor preferirá continuar a oscuras sobre ese punto, señor.
-Estamos fritos, Porridge. Necesitamos un milagro. Uno del Antiguo Testamento, que son los buenos.
-Participo de su misma opinión, señor.
La ebullición deportiva fue in crescendo el resto de la semana. Las regatas oficiales, con efusión de sombrillas y chaquetas a rayas, se celebraron el sábado, y el domingo por la mañana, los clanes Sans-Foy y Forrester se aprestaron a batirse, remo en ristre, bajo los torreones del castillo de Ross.
-Bien, Porridge. ¿Cree que tenemos alguna posibilidad?
-Los Forrester hicieron ayer 18 minutos 30 segundos, señor.
-¿Y nosotros?
-Parece que la mañana va a ser soleada, señor.
-Lo he pillado, Porridge. No insistiré. ¿Y vosotros dos, zampabollos? ¿Estáis en forma?
-Yo, sí. Toby estuvo anoche de farra.
-Cállate, idiota.
Con tan entrañable esprit de corps nos dispusimos a oír el cañonazo de salida.
Según supe por Toby, en el Killarney Arms pagaban ocho a cien por nosotros, y en la Posada del Perro, uno contra nueve.
Pero los Sans-Foy no somos gente a la que se desaliente con malos presagios. Firmes en el remo, salimos disparados tras la estela de los Forrester, si bien, tras las primeras quinientas yardas, casi los habíamos perdido de vista.
-¿Dónde diantres están?
-Muy a estribor, señor.
-¿Estribor es la derecha?
-Sí, señor.
-¡Pues hable claro!
En la boya de una milla íbamos echando el bofe, pero los Forrester estaban haciendo cosas muy raras. Desde luego, remaban más rápido, pero su trayectoria era errática. Primero se perdieron hacia estribor, o como se diga. Luego, corrigieron el rumbo y nos tomaron de nuevo la delantera, pero volvieron a desviarse hacia la derecha, como si se los llevase el viento. Cuando quedaban mil yardas para la meta íbamos casi en paralelo. Ambas tripulaciones redoblamos nuestro ritmo, pero, cuanto más rápido bogaban los Forrester, más perdían el rumbo. Con Porridge a la proa, Toby y Tim en el centro y un servidor a popa, el Argos amarillo de los Sans-Foy posó su panza sobre la playa de Innisfallen.
No hubo púberes canéforas que coronaran nuestras sienes con mirtos y laureles... pero la visión de los Forrester peleándose entre ellos a cien yardas de la orilla fue igualmente homérica.
Habíamos ganado, tanto a los elementos como a las naves enemigas.
-Los milagros existen, Porridge.
-Así me lo han asegurado, señor.
Regresábamos a la civilización en el ferry de Portsmouth. La brisa marina tonificaba nuestros pulmones y el rumor alado de victoria resonaba en nuestros oídos. Éramos héroes regresando al hogar.
-La verdad es que mis sobrinos no han puesto mucho de su parte.
-Su rendimiento es mejorable, señor.
-¿Mejorable? ¡Vaya par de zampabollos! Nosotros sí que hemos dado el do de pecho. Creo que no es injusto decir que usted y yo hemos sido los artífices del triunfo.
-(...)
-Porridge... En confianza...
-¿Señor?
-¿Hemos hecho trampa?
-Yo hablaría más bien de negligencia en el equipo contrario, señor.
-¿Por qué diantres no eran capaces de navegar en línea recta?
-Cuando uno embarca en un bote, debe asegurarse de que los remos de ambos lados sean de la misma longitud.
-¿Y los de los Forrester no lo eran?
-Así, a ojo, calculo una diferencia de ocho o diez pulgadas, señor.
-Muy negligentes, estos Forrester. Y dígame, por curiosidad... ¿ha hecho Vd. alguna especulación deportiva?
-He ganado cien libras, señor. Creo que no sería conveniente volver por la Posada del Perro en una temporada, señor.
-Y por el Killarney Arms tampoco. Yo he sacado trescientas. ¿Le apetece langosta para cenar?
-Me encantan los crustáceos, señor.
Aquí terminan los Pedigree Talks. Me he divertido escribiéndolos pero todo llega a su fin. Gracias por leer. Sic transit gloria mundi.