viernes, 20 de diciembre de 2024

VI. REBELIÓN A BORDO



Donde la joven Lady Parsons hace saber del lamentable estado de inanición en el que se encuentra toda su estirpe.

Eugène, estoy desesperada: tienes que mandarme aquí a Porridge en el tren de las doce.
Sólo así llegará a tiempo para evitar el desastre.
 ¡Oh, Eugène, no sabes lo que ha sido esto durante la última semana!
Mrs. Muffwater, nuestra cocinera, ha entrado en ignición. Nadie sabe bien cómo empezó. Creo que uno de los camareros novatos le fue con un comentario displicente de Lady Cheddar sobre su pastel de hígado y cebollas. 
¡Lady Cheddar, esa vieja obtusa que no sabría diferenciar unos oeufs Richelieu de un cesto de higos chumbos, se permitió criticar la Joya de la Corona del recetario Muffwater! ¡El pastel de Hígado, cuyos arcanos le han sido transmitidos por línea materna desde los lejanos días del Parlamento Largo!

Eso ocurrió el lunes. Desde entonces, nos alimentamos de té y huevos duros.
Nadie se ha atrevido a bajar a la cocina, porque, ponerse delante de los ojos de Medusa de la cocinera sería arriesgarse a que anuncie su dimisión... Y antes de que eso ocurra, sería preferible ver arder Parsons Manor en gozosa y apocalíptica pira.

Pensarás que alguien tan solvente como McGrog, el mayordomo, se basta y se sobra para resolver semejante minucia... Si le vieras ahora, perderías toda esperanza: su ojo izquierdo irradia el fatalismo de un hombre superado por las circunstancias. No podemos saber lo que irradia el ojo derecho, porque lo mantiene cubierto con un filete de ternera.

Mañana, sábado, tendremos aquí a cenar a los Príncipes de Liechtenstein. ¿Te lo imaginas, Eugène? ¿Tendré que encargar pastel de riñones y una pierna de cordero en “El Pollo y la Anaconda”?

Estoy tan desesperada que no veo otra solución que Porridge. Porridge o el fuego purificador. 
Puedes decirle que se lo he comentado a McGrog y ha asentido dolorosamente. No sabes cuánta desesperación puede expresar este hombre con un solo ojo.


TESEO Y EL MINOTAURO

Donde Wilbur Porridge, valet de Monsieur de Sans-Foy, agradece a su tio Seamus, de Pudding Point, Tipperary, su inapreciable ayuda en la resolución de la presente crisis.

Querido tío Seamus:

Lo primero, agradecerte la prontitud de tu respuesta.
Tu telegrama fue para mí como un rayo de luz en mitad de la noche.
“Servir cabeza vieja bandeja plata, stop”.
No se puede ser más claro por cinco chelines.

Cuando llegué a Parsons Manor, la oscuridad reinaba en la planta noble y sus habitantes rondaban por los corredores como almas en pena. El viejo Lord, royendo unas galletas rancias en la soledad de su gabinete, era la viva imagen de la desolación.

Decidí coger el toro por los cuernos y me encaminé hacia la cocina sin más dilación. 
Si hablamos de la señora Muffwater, lo de “coger el toro por los cuernos” tiene poco de metáfora. Al adentrarme en sus cavernosos dominios, tenía la misma flojera en las rodillas que aquel tipo, Teseo, en el laberinto del Minotauro.
Crucé el umbral de la cocina, y allí estaba ella, mirándome con ojos de fuego.

-Señora Muffwater: su honor ha sido ofendido y debe ser vengado. He venido hasta aquí para asegurarme de que así sea.

Mis palabras parecieron desconcertarla. Poco a poco, el brillo de su mirada fue tornándose menos homicida, y asomó a sus labios algo remotamente parecido a una sonrisa.
Los demás miembros del servicio fueron asomándose desde sus madrigueras y pronto la casa entera bullía en un paroxismo de energía culinaria.

Los Príncipes fueron recibidos con la oportuna pompa de una corte oriental, y el comedor de gala ardió en destellos de plata vieja y cristal de Bohemia.

Lady Cheddar, tan reseca como siempre y rebozada en diamantes como un calamar a la romana, fue colocada a la izquierda del Príncipe, pues, pese a tener el estómago de un moribundo, su conversación viperina y su conocimiento del Peerage no tienen competencia en los Dos Reinos.

La tradición familiar establece que a Lady Cheddar le sean servidas diminutas porciones del menú, cuidando de que éste no contenga demasiadas grasas y, bajo ningún concepto, carne de aves ni marisco.
El menú de la cena, cuidadosamente seleccionado por Mrs. Muffwater, consistió en:
 
Langouste en Bellevue
Écrevisses à la Armoricaine
Homard à la Newburg
Poularde de Bresse Périgourdine y
Foie Gras frais à la gelé de Porto.

Esquivando sus disimulados intentos de clavarme el tenedor, me aseguré de que le fueran servidas generosas porciones de todo ello.

Ni siquiera la buena crianza es báculo firme para engullir del plato semejantes dosis de crustáceos. El ánimo desfallece y busca en el vino la fortaleza que le falta.
Conscientes de ello, tanto el Côtes de Beaune como el Margaux y el Sauternes llegaban de la cocina a su copa reforzados con ginebra de garrafón.

Hasta aquí, todo marchaba según lo previsto, pero los dioses tienen leyes secretas que los mortales desconocen: al parecer, existe un entente siniestro entre la dieta de marisco y el licor sin refinar, al menos, por lo que a Lady Cheddar se refiere. No sólo engulló la cena como un estibador, sino que, a los postres, comenzó a dar muestras de inusitada vivacidad en alguien que ya era vieja y achacosa en vida de la Reina Emperatriz.
Comenzó por reírse estentóreamente de los comentarios del Príncipe. De ahí pasó a llamarle “Viejo Patillas”, lo que pareció caer en gracia a Su Alteza. No así a la Princesa, cuya ceja izquierda fue elevándose hasta alcanzar casi la vertical.

Cuando las damas se levantaron, Lady Cheddar se repantingó en su silla, encendió un cigarro y dijo algo así como “que se vayan estas pipiolas. Así podremos hablar de cosas serias”, y pidió “una botella de brandy y unas cartas sin marcar”.
Los criados no volvimos a ser requeridos, de modo que no puedo facilitar detalles de lo que allí ocurrió, pero las risotadas del Príncipe podían oírse desde la cocina.

Las cosas habían tomado un sesgo imprevisto y ya dudaba de que nuestros planes fuesen coronados por el éxito, pero, cuando los Príncipes abandonaron la casa, Lady Cheddar hubo de ser llevada discretamente a sus habitaciones sobre una puerta, lo que, en palabras de Mrs. Muffwater, fue “poner a la vieja en su sitio”.

Te envío veinte libras para invertir en nuestro pequeño negocio, y cinco más para tu peculio particular.

Tu afectuoso sobrino,
Porridge.

TE DEUM LAUDAMUS

Donde la joven Parsons hace un feliz epílogo de lo sucedido.

Eugène, querido:

Sólo tengo tres cosas que decirte: ¡gracias, gracias, gracias!

El brote jacobino de Mrs. Muffwater se ha resuelto de una manera que ni en mis mejores sueños pude imaginar. 
La llegada de Porridge pareció amansarla por arte de birlibirloque, y nos ofreció una cena como nadie recordaba desde los felices días del Rey Eduardo.

Sólo te diré que, esta mañana, a la hora del desayuno, ha aparecido el Jefe de Correos de Parsonsville, embutido en su uniforme de gala con olor a naftalina, para entregar un telegrama del Primer Lord del Almirantazgo, en el que “en nombre de Su Majestad, felicita a sus queridos primos Lord y Lady Parsons por la hospitalidad ofrecida a Sus Altezas los Príncipes de Liechtenstein; digna muestra de la excelente sintonía entre nuestros respectivos países”.

Papá está encantado, y mamá se ha recuperado como por ensalmo de una jaqueca que amenazaba con durarle un lustro.

Es una pena que tía Cheddar no haya podido enterarse, pero papá la ha facturado por vía urgente a la isla de Jersey, en la esperanza de que la brisa marina obre un milagro sobre su lamentable estado de salud.

Ese Porridge es un tesoro. Cuídalo bien.

Siempre tuya:
Lou.

viernes, 13 de diciembre de 2024

V. LA VISITA DEL HIPOPÓTAMO


Donde Eugéne de Sans-Foy tiene carta de su viejo amigo y compañero Perry Lacoste, poniéndose de manifiesto que los amigos son para las ocasiones.


Eugène, viejo cacharro, tengo que pedirte un gran favor.
Los muchachos del Buzzy Bugs’ siempre nos hemos sacado las castañas del fuego unos a otros. Acuérdate de cuando Lady Raspa se empeñó en que cantases en el Coro Metodista, cómo te di asilo en el desván durante tres días...

Lo cierto es que no sé por donde empezar.
¿Te acuerdas de Susan Franklin? Es mi prometida desde hace nueve felicísimos meses: un ángel con los ojos de color violeta. 
Susan es hija del embajador norteamericano en Egipto. Nos conocimos allí, cuando yo sesteaba en la Legación Británica. Toda su familia tiene intereses en Medio Oriente. Para ellos, es tan familiar como Chelsea. Buena gente, franca y abierta... pero, en todas las familias hay un ogro, y ése es el viejo Senador Franklin, tío de Susan, ya a punto de retirarse.

El Senador es un reconocido demócrata, si bien algo tendente a tratar a todo el mundo como a botones de hotel. Acaba de finiquitar sus negocios en Egipto, y regresa camino de un feliz retiro en las praderas de Illinois.

Susan, que está comprando el ajuar de bodas en París, le contó lo de nuestro compromiso, y el viejo ha recalado en Londres para echarme un vistazo.
Si el vistazo es satisfactorio, se plasmará en un cheque transoceánico del tamaño de Illinois... Así que, me conviene aprobar el examen.
Ahí es donde quería llegar, Eugène, viejo cacharro: yo NO PUEDO ver al Senador, porque el maldito Senador ME CONOCE.

¿Te dice algo este titular del Daily Mail?
“REGATA INGLESA ARROJA SENADOR AL NILO”.

La cosa no pudo ser más tonta. Los muchachos de la Legación teníamos un ‘cuatro’ con el que regateábamos por el Gran Río. Aquél día, remábamos cerca de la orilla para esquivar a todas esas chocolateras flotantes que abarrotan las aguas profundas... y tuvimos la mala fortuna de enganchar un sedal, en cuyo extremo resultó haber un caballero obeso con botas de goma y salacot. 

Comprenderás que, a 11 millas por hora, el ‘cuatro’ tenía las de ganar... y el señor obeso se encontró chapoteando en el Nilo, como un hipopótamo particularmente torpe.
Conseguí pescarlo con el remo y empujarlo hasta la orilla, pero su actitud era tan poco amistosa que optamos por obviar las presentaciones y remar río abajo, mientras él nos perseguía blandiendo la caña de pescar.

Afortunadamente, el viejo ni se imagina que su “Juan el Bautista” y yo somos la misma persona... pero te garantizo que se acuerda de mi cara tanto como yo de la suya. 
¿Ves en qué negra encrucijada me coloca el aciago destino?
Sin visita, no hay cheque... pero, si me ve la cara, ni cheque ni boda.

Le he estado dando vueltas al asunto, y he reparado en un detalle vital: el Senador viene a Londres por última vez. No volveremos a verlo, salvo que nos asalte en el futuro el improbable deseo de ir a cazar bisontes. 
Y ahí es donde entras tú, mi buen amigo, mi fiel y queridísimo compañero desde los lejanos días del pan con chocolate y los calzones cortos: tú serás yo.

Parpadea cuanto quieras y vuelve a leerlo, porque será mucho más sencillo de lo que imaginas: recibirás al Senador, le estrecharás la mano y le dirás: ¿Cómo está Vd.? Soy Perry Lacoste, del Foreign Office. ¡Dios salve a los Estados Unidos de América!.”

Será sólo una cena, Eugène. Todo lo más, un desayuno.
Sólo tienes que seguirle la corriente y darle la razón en todo.
(Y eso eres un experto, gracias a tu tía Raspa).

Gracias anticipadas, viejo. Susan te manda un beso. Escríbenos a París con los detalles.

P.D.: El senador llegará a tu apartamento hoy, viernes, a eso de las cinco. No olvides poner mi nombre en el buzón.
Le gusta el pescado de río.


Tu eternamente agradecido amigo,

Perry


CAMBIO DE AIRES

Donde Eugène de Sans-Foy hace partícipe a la joven Lady Parsons de la satisfacción del deber cumplido.

Lou, querida:

Después de leer la carta de Perry, comprenderás por qué no pude asistir a tu festival benéfico. Una pena, porque mi versión de “The Prisoner’s Song” habría entusiasmado a todas las madres del condado, y puede que hasta a sus hijas.

Imaginarás que una carta como ésa dejaría K.O. a cualquiera que no tenga temple de acero y un espíritu verdaderamente aguerrido.
Carezco de ambas cosas, pero la carta llegó el viernes a las cinco menos cuarto, y el Senador tocaba enérgicamente el timbre quince minutos después.
Afortunadamente, Porridge sabe preparar la trucha asalmonada al estilo de Tipperary, y al maldito yanqui le gusta más la trucha que al propio Schubert.
Unas cuantas botellas de mi mejor Riesling Kabinett hicieron el resto.

Acabo de escribir a la feliz pareja, anunciándoles que el viejo Senador se aleja hacia el Nuevo Mundo con una inmejorable opinión de Mr. Perceval Lacoste.

Sólo he omitido un par de detalles especialmente halagüeños, de los que tendrán conocimiento a su debido tiempo.
El primero es que el Senador mantiene excelentes relaciones con Lord Hurricane-Storming, nuestro enérgico Secretario del Foreign and Commonwealth Affairs.
El segundo es que, según me ha cablegrafiado desde el barco, puedo dar por hecho que yo, Perry Lacoste, seré el flamante vicecónsul británico en Reikiavik, plaza por la que tanto suspiré durante la cena.

Después de meses de sofoco egipcio, la feliz pareja agradecerá un cambio de aires, ¿no crees?

Tuyo afectísimo,
Eugène.

viernes, 6 de diciembre de 2024

IV. EL CONDE BÉLA


Breve extracto del diario íntimo de Lady Isadora Parsons. 
Pueden Vds. preguntarse cómo ha llegado a nuestras páginas, pero dudo que lo hagan, porque ustedes también son unos cotillas.

Querido diario:

Desde que lo conocí casualmente, mientras contemplábamos “El Matrimonio Arnolfini” en la National Gallery, el conde Béla Dubrovnik habita en mis pensamientos como un doliente fantasma de los castillos de Valaquia. 
Es un alma atormentada, sin duda. ¡Y tan sensible!
Le he invitado a visitar Parsons Manor. ¿He hecho bien?

Béla...
Cuánto misterio encierran esas cuatro preciosas letras… B é l a…


NO LE QUITÉIS OJO

Donde Ebenezer McGrog, colosal mayordomo de Parsons Manor, descarga en sus tres hermanos la zozobra que atenaza su corazón: hay en juego una cuestión de honor. Y en el clan McGregor, con el honor no se juega.


Queridos Murdock, Malamute y Mordecai:

He sabido que en Glendhungledoo se murmura sobre la naturaleza de mi trabajo. Duncan Macallan le dijo a Gregor Glenfiddich que yo era “algo así como un criado”.
Duncan Macallan es una sucia rata de cloaca, y en modo alguno debéis permitir que persevere en sus insidias.
Los McGrog hemos sido mayordomos desde mucho antes de que se llevaran los estampados a cuadros: desde los tiempos heroicos de Uther Pendragon. Y eso es mucho antes de que los Macallan se atrevieran a bajar de los árboles, aunque está en duda que llegaran a subir.

Pero no os molestaría por un asunto tan insignificante. Lo cierto es que a mi joven señora, Lady Isadora Parsons, le ha acometido una de esas crisis pasajeras que la incitan a pequeños despropósitos, como viajar al Continente o asistir a conferencias sufragistas.
Afortunadamente, esta vez la cosa no es tan grave: parte de excursión a las Tierras Altas “para poner en sintonía su desolado espíritu con el paisaje invernal”. 
No sé exactamente a qué se refiere, pero confío en que no le llevará más de dos semanas.

El problema es que no viaja sola. 
Además de Rose, su doncella, y las dos hermanas Poppins, viaja con ellas un fulano harto dudoso y, para colmo, extranjero, al que Milady conoció en Londres. Un fulano que se presentó en Parsons Manor de noche, sin equipaje y embozado en una capa de fieltro: el presunto conde Béla Dubrovnik.

Como van a alojarse en Cardigan Castle, bien podríais echar un ojo, sobre todo a ese tipo, de cuyas intenciones me fío menos que del salmón enlatado que vendemos a los yanquis, Dios nos perdone.

Tenedme al corriente. No hace falta que os diga que el honor de Lady Isadora es el honor de los McGrog.

Sinceramente,
Ebenezer.


EL PÁJARO VOLÓ

Donde Mordecai, el menor y más locuaz de los trillizos McGrog, pone al corriente a Ebenezer del feliz desenlace del asunto que nos ocupa.

Querido Ebenezer:

A la conclusión de la presente, coincidirás con nosotros en que el asunto del conde Dubrovnik ha quedado resuelto a plena satisfacción. 
Sus andanzas nocturnas en bicicleta, a capa desplegada, provocaron alguna alarma en los alrededores de Cardigan Castle; pero Malamute, que tiene buenas piernas, no dudó en seguirle por los oscuros caminos, y nos puso tras la pista de la verdadera naturaleza del personaje.

Durante el día, el conde acompañaba a las damas como un alma en pena, dejando escapar suspiros que acentuaban su deplorable aspecto continental. 

Murdock dice que, en sus tiempos de recluta, a eso le llamaban “hacerse el pollo lastimero”, y es una estratagema de probada eficacia con el elemento femenino.

Las señoritas se desvivían por atenderle. Una de las hermanas Poppins, la gordita, le tejió una bufanda que le hacía parecer un palo al que se ha atado un calcetín.
Lady Isadora mantenía la dignidad propia de su rango, pero, al tercer día, observamos que ella también suspiraba... y eso no nos gustó nada. Era preciso actuar.

Ya habíamos detectado que, entrada la noche, el conde tomaba prestada una bicicleta y abandonaba furtivamente la seguridad del castillo. 
Malamute envolvió con trapos los cascos de Pantorrillas, nuestro mejor pony, y se dispuso a seguirle. El viaje no fue largo.
La primera parada la hizo en “Las Armas del Almirante”, donde se tomó cuatro pintas de stout en lo que Malamute tardó en amarrar su montura. 
La segunda parada le llevó hasta “El Gaitero Soñador”, donde fueron seis pintas más y otras tantas copas del cristalino estimulante que allí llaman whisky, y en el resto del mundo, aguarrás.

La tercera parada la hizo en una zanja no demasiado profunda, ya de vuelta al castillo, donde pasó buena parte de la noche, hasta que, con la aurora, cobró fuerzas para acodarse en la bicicleta y regresar al hogar.

A la noche siguiente, la guardia de Malamute fue en vano, porque el conde no abandonó su guarida. Eso nos dio tiempo para hacer averiguaciones entre los parroquianos y descubrir que la marcada dicción transilvana del conde Dubrovnik se troca en fuerte acento galés cuando se amorra a la botella.
Y tirando del hilo... descubrimos otras cosas que saldrán a colación a su debido tiempo.

La noche siguiente no fue preciso esperarle junto a los fosos del castillo.
A eso de las doce, nos encaminamos tranquilamente a “El Gaitero Soñador”, donde le encontramos rodeado de parroquianos a los que obsequiaba con una versión beoda, pero bien entonada, de “Y Ferch Yn Ffair Llanidloes”.

-“Canta Vd. muy bien, señor Dubrovnik” –dijo Murdock- “Que me ahorquen si no me recuerda a aquél muchacho, Cecil Blevins, al que tan injustamente condenaron por falsificación y estafa en Swansea, hará ahora dos años”.

La torpe intromisión de Murdock privó a los parroquianos del estribillo y al señor Dubrovnik del habla. 
El resto puede resumirse en que el conde consideró del todo innecesario prolongar su estancia en Cardigan Castle y en todo el Reino de Escocia, prestándose voluntariamente a redactar una nota para las señoritas, en la que se excusaba por lo repentino de su partida, pues acababa de saber que su mamá, la condesa, se encontraba mal de salud.

Malamute, siempre tan pesimista, llevaba su “cariñosa” en el bolsillo, por si el asunto requería de alguna persuasión táctil... pero no hubo ocasión. Muy al contrario: la actitud del conde fue tan caballerosa que no pudimos por menos que invitarle a algunas rondas, por valor de una libra y siete chelines, que puedes reembolsarnos por el conducto habitual.

En casa, todos bien. Lord Marlborough, nuestro querido cerdo, montó a la marrana de los Glengoyne, por lo que nos corresponde un tercio de los cochinillos; pero la muy puerca ha parido trece, por lo que habrá que esperar a que engorden para que nos den cuatro cerdos y un tercio, pagando nuestra parte de la manutención.

Tuyos afectísimos,
Murdoch, Malamute y Mordacai McGrog.

viernes, 29 de noviembre de 2024

III. EL ZORRO EN EL GALLINERO



Donde Monsieur de Sans-Foy plantea ciertas reticencias a Lady Parsons sobre su círculo social.

¿Cómo has podido, Lou? ¿Cómo has podido asestarme un golpe tan bajo?
Invitar al primo Horatius a Parsons Manor es de una perfidia que avergonzaría al Rey Herodes.
¿Cómo has podido invitarle al torneo de croquet, estando ahí mi tía, Lady Raspa?
¿Es que no sabes que Horatius corretea tras su herencia como una hiena tras un bistec atado a un palo? 
Llevo demasiados años aguantando a la maldita bruja, para dejar ahora que un niñato inmoral que sólo piensa en el dinero me sustituya en su duro y tres veces infartado corazón.

Además... Horatius me odia. Es rencoroso y carece del noble espíritu deportivo que ha sido la divisa de nuestra familia desde que Godofredo el Tarambana le metió aquella lagartija en la armadura a Guillermo el Conquistador.

Recordarás que, la última vez que estuvo en Londres, se instaló a mi costa en “Los Alegres Zumbones” durante casi un mes...
Los muchachos y yo no encontramos otra forma de librarnos de él que aprovechar una de sus cogorzas y facturarlo en paquebote rumbo a Ciudad del Cabo. 
Un barco precioso. Cualquier gaznápiro de su edad habría apreciado el gesto... ¡Pues no! Ahí lo tienes. De vuelta, y en pie de guerra.
Muy bien. Él se lo ha buscado.

Lamento que te pongas de su parte. Y te advierto que cualquiera que se interponga entre mi natural caballeresco y las 15.000 al año de tía Raspa, se está metiendo en un avispero. Arrieritos somos.



CUANTO MÁS CONOZCO A LA TÍA, MÁS QUIERO A SU PERRO

Donde Wilbur Porridge, recientemente ascendido a la dignidad de ayuda de cámara de Monsieur, ilustra a su tío Seamus de la naturaleza de sus quehaceres.


Querido tío Seamus:

La pasada semana tuve el honor de acompañar a Monsieur al famoso castillo de Parsons Manor. La iglesia parroquial de Pudding Point, con su cementerio anexo, cabría perfectamente en el vestíbulo, y aún sobraría sitio para el pub de O’Raferty y el almacén de patatas.
Me adapté bastante bien al entorno. Cierto es que, el primer día, fui objeto de burla por hacer la reverencia a una damita elegante que resultó ser doncella de Lady Parsons; pero es que, en estos parajes, nadie parece haber pisado jamás una boñiga de vaca.

Como te dije en mi carta anterior, el objeto de nuestra visita era pararle los pies a cierto Mr. Horatius Binkley, pariente y rival de Monsieur en el afecto de su vieja tía, a la que reconocerías en cualquier parte por su extraordinario parecido con un arenque ahumado.

El asunto era peliagudo. Monsieur esperaba un combate entre un peso wélter y un peso mosca, pero el tal Binkley resultó tener mucho juego de piernas.
Si algo odio en esta vida, aparte de la resaca de licores dulces, es un mozalbete blandurrio y zalamero. El señorito Horatius es muestra y botón de esa retorcida especie. 

Me percaté en seguida de que no era de los que descalifican a su rival, sino que recurría a la técnica del elogio envenenado:
Cada vez que Lady Raspa despotricaba de Monsieur, el muy ladino apostillaba un “perdónale, tiíta. Ya sabes cómo es”, y cogía en brazos al chihuahua de la vieja, una birria achacosa llamada Panchovilla.

Los días iban pasando, y aquél gusano de Horatius remontaba posiciones como un purasangre, mientras mi señor era relegado a la condición de oveja negra.
Aquéllo iba de mal en peor, y la creciente cordialidad entre Horatius y Panchovilla era la prueba irrefutable.

Mi conocimiento de la psicología animal me puso en camino de la solución: Panchovilla era el campo donde libraríamos aquella batalla.
Así se lo hice saber a Monsieur, pero sus torpes intentos de aproximación al can se saldaban con una dentellada y una mirada de reproche por parte de la tía.

Cuando vi que el perro elegía la tumbona del maldito Horatius para dormir la siesta, estuve a punto de tirar la toalla.

Pero soy un Porridge, y un Porridge no se rinde sin presentar batalla. Como tú me enseñaste, “si no alcanzas la nariz de tu enemigo, échale arena a los ojos y patéale las pantorrillas”.

La tarde del último domingo había llegado. Las señoras sesteaban en la rosaleda, y el mezquino Horatius Binkley, con el aplomo de quien ha sido coronado por los laureles del triunfo, fue a buscar a Panchovilla para darle su cotidiana sesión de carantoñas.
Al no encontrarlo junto a Lady Raspa, se dirigió a su propia tumbona y metió la mano debajo, con la confianza de quien nunca se ha topado con algo verdaderamente horrible debajo de una piedra plana. Debo decir que su confianza se desvaneció de golpe, amputada por un mordisco feroz.

El alarido y las subsiguientes blasfemias, que pudieron oírse en varias millas a la redonda, sacaron a las damas de su letargo, colocándolas en un estado de perpleja indignación.

El espectáculo que se presentaba ante sus ojos era el de un desconocido Horatius, poseído por la furia, abalanzándose sobre el minúsculo Panchovilla, que en ese momento salía disparado desde un seto próximo.

Si bien sus intentos de acertarle una patada no se vieron coronados por el éxito, sus intenciones fueron nítidamente expresadas con un vocabulario que habría escandalizado a un estibador.

Cuando, tras perseguir infructuosamente a Panchovilla a través de varios macizos de hortensias, consiguió sobreponerse a su ira perricida, la mirada de Lady Raspa se parecía bastante a la de esa señora griega a la que pintan con un bisoñé de serpientes sobre la cabeza.

-¡Me ha mordido! ¡El maldito bastardo me ha mordido!

-¡Horatius! ¡Si ese es tu modo de comportarte, es mejor que vuelvas con hotentotes o donde demonios estuvieras!

No tuve tiempo para recrearme en el éxito. Oculto tras el seto, tiré de la cuerda con la que tenía precariamente sujeto al tejón debajo de la tumbona de Horatius. Ya sabes cómo se las gastan esos bichos: un descuido, y mi mano habría acabado como la del pobre desgraciado: algo a medio camino entre un guante de caucho inflado y las ubres de una vaca.

En fin... No quiero pavonearme, pero, con la sola ayuda de la Madre Naturaleza, repuse a mi señor en su justo lugar en el corazón y el testamento de la vieja dama. 
El talento de los Porridge ha sido enaltecido y mi posición doméstica es, me atrevería a decirlo, la de un sirviente que cuenta con el aprecio de su señor.

P.S.: Te adjunto un billete de veinte libras para que lo inviertas, con la comisión habitual, en nuestro pequeño negocio de préstamos.

Recibe el sincero afecto de tu socio y sobrino
Wilbur

viernes, 22 de noviembre de 2024

II. "ESCÚCHAME, WILBUR"


Donde conoceremos a un personaje clave en esta historia: Wilbur Porridge, amorosamente descrito por su tío y padrino, el reverendo padre McCaulin, cura párroco de Pudding Point, en el condado de Tipperary.

Escúchame bien, Wilbur Porridge:

Te conozco desde que me echabas a perder la sotana con tus pringosas babas de lactante. 
Siempre me has caído gordo, Wilbur, porque eres el vivo retrato de aquél maldito tarambana de Malaquías Porridge, que Dios guarde donde Él guarda a los réprobos, a los sacrílegos y a los ingleses en general. 

Mi pobre hermana Eyleen era una santa, pero la santidad, que irradia desde los Cielos, sólo le alcanzaba hasta el ombligo. 
Eso explica que permitiera hacerle un hijo a aquél maldito tarambana, jugador y borracho de Malaquías Porridge, “el Jabonoso”, al que te pareces como si hubieras nacido de un esqueje.

Desde que aprendiste a sostenerte en pie, has encaminado tus pasos a dos únicas metas: la cárcel de Limerick y una plaza a perpetuidad en el infierno. Del primer sitio te he ayudado a salir por la bendita memoria de mi hermana. Cuando llegue tu día, ni el mismo San Patricio te sacará del segundo.

Escúchame bien, Wilbur Fineas McCaulin Porridge: no voy a ocuparme de tu alma negra, porque está tan condenada como la del mismísimo Oliver Cromwell; pero voy a darte la oportunidad de vivir de manera decente, comer con vino, llevar trajes de tres piezas y zapatos sin agujeros. Y lo voy a hacer porque creo que sólo la opulencia y la holgazanería pueden ralentizar el inexorable decurso de tu perdición.

Al dorso de estas líneas está la dirección en Londres de un caballero llamado Eugène de Sans-Foy. Se trata de un caballero de verdad, Wilbur, no uno de esos lechuguinos con pantalones a cuadros, que trabajan en la City y conducen carruajes a motor. Es un verdadero caballero y, por tanto, lo suficientemente inútil como para necesitar un ayuda de cámara que le vista, desvista, alimente y arrulle como a los capones de deán de Kilmacduagh.

Ése será tu trabajo: serás el valet de Monsieur de Sans-Foy. Serás su servidor y su guardián, su cocinero y su chófer. Te interpondrás entre él y todas las incomodidades y peligros de este mundo, y lo harás por tres libras y doce chelines a la semana, domingos libres y la tarde de un jueves de cada dos.

Si cumples con tu cometido, sobrino, podrás engordar respetablemente y regresar un día a Pudding Point, donde te casarás con la O’Raferty más pecosa y pelirroja que encuentres, y criarás tu propia piara de cerdos y tu propio rebaño de hijos, como el buen cristiano irlandés que eres. Al menos, por parte de madre.

Si no lo cumples... Si recurres al embuste, la argucia y el embeleco, porquerías más propias de un saltimbanqui jugador y borracho como tu padre... no tendrás que preocuparte por la cárcel. No iras a la cárcel ni a ningún otro sitio en esta tierra, Wilbur, porque yo mismo iré a buscarte y te mataré a palos con mi garrote de endrino.
Sabes que lo haré. Por la Santísima Trinidad que lo haré, como me llamo Fergus Murtagh McCaulin.

 Amén.

ADIÓS A TODO AQUELLO

Donde Wilbur Porridge se despide de su tio paterno, Seamus Padraig Porridge, con el el que siempre estuvo en mejor sintonía espiritual.

Querido tío Seamus:

Lamento que nuestros esfuerzos por convertir el juego de cartas en un esparcimiento honesto entre caballeros hayan acabado tan abruptamente.
La culpa fue mía. Nada debí objetar a aquel full del sargento Flanagan, y menos, apelando al insignificante tecnicismo de que los tres ases eran del mismo palo. 

El tío Fergus, al que llamamos cariñosamente “el Cuervo”, se ha propuesto llevarme por el buen camino y me ha proporcionado un empleo en Londres. Creo que será buena idea cambiar de aires.

Le ruego recupere mis objetos personales, que habrán de serle devueltos por el sargento Flanagan: la tabaquera de peltre, la medalla de San Columba y la cartera de piel de tiburón con doce libras, veintitrés chelines y dieciseis peniques.

Debajo de la baldosa de costumbre, junto a la mesilla de noche, encontrará los útiles de la profesión: seis barajas de cartas nuevas y otras tres ‘aparentemente’ nuevas, a las que no dudo sabrá sacar provecho. 

También hay un revólver mohoso, que no voy a necesitar, y un librito con tapas de hule donde constan las deudas de la clientela. Tráteles con la cortesía habitual.
Si el dueño de “La Sirena Varada” se hace el remolón, bastará con que se ofrezca a anunciar la deuda a su encantadora esposa.

Despídame de Sally, la camarera. Es una buena chica. Si llora, puede ofrecerle una guinea, dos como máximo. No le dé tres ni aunque le sumerja en llanto hasta a las rodillas.

Suyo afectuoso,
Wilbur Porridge

domingo, 17 de noviembre de 2024

I. ¡NOTICIA BOMBA!

Donde Eugène de Sans-Foy narra a la señorita Parsons las felices circunstancias de su compromiso matrimonial.

Lou, querida:

Créeme: estoy tan sorprendido como tú.
Cuando llegué a Bollington Court para la temporada del urogallo, la idea prometerme en matrimonio ocupaba en mi mente un lugar próximo a la de hacerme monje o pintarme las uñas de los pies.
Pero... ¡la vida toma sus propias decisiones!

Nunca ha habido secretos entre nosotros, darling (a excepción de aquel turbio asunto de la patente del descorchador de sidra) pero volvamos al tema.
Lo cierto es que habíamos pasado un sábado estupendo, matando bichos y peleándonos por los cadáveres. ¡Nada como una masacre indiscriminada para fortalecer el ánimo y la autoestima!

Es el tipo de cosas que hizo de nuestros antepasados los grandes hombres que fueron. (Claro que, ellos no se limitaban a matar aves) Lo cierto es que regresamos a casa pletóricos de energía animal.

Durante la cena, el clarete y el jerez produjeron su salutífero efecto calmante, y todo el mundo se sentía estupendamente. Todos. Incluída Mary Tipton, que parecía haber superado su etapa espiritista, sufragista y Hare-Krishna, para volver a la alegría mundana. Demasiado mundana, en realidad.
Cuando las señoras se retiraron de la mesa, creí haberme librado de sus atenciones, pero, a lo largo de la velada, percibí que su actitud hacia mí era, digamos, incómodamente amistosa.

Cuando me empujó dentro del cuarto de la plancha y empezó a forcejear con mis pantalones, comprendí que el cariz de los acontecimientos aconsejaba una retirada estratégica, así que salté por la ventana. Afortunadamente, era un primer piso, y justo debajo estaba el pequeño Morris del reverendo Foxtrott. Ya sabes, el azul. Es mejor que lo recuerdes como era.
No tuve tiempo de evaluar los daños: paralizado por el terror, pude ver cómo Mary Tipton se descolgaba velozmente por el canalón. En ese momento supe cómo se sintieron los belgas cuando los alemanes atravesaron impunemente el Mosa.

Por segunda vez en tan breve tiempo se me presentaba la oportunidad perfecta para una retirada estratégica. Cojeando, con el frac algo maltrecho, me escabullí entre los parterres como un zorro acosado y gané las escaleras. Minutos después, desfallecido, pero a salvo, cerraba la puerta de mi habitación.

¿Mi habitación? Sí, por supuesto... La tercera a la derecha. ¿O era a la izquierda? 
Aquél sencillo camisón de gasa desplegado sobre la cama me dio la respuesta.
Una delicada voz de mezzo cantando “O Danny Boy” desde la ducha, confirmó mis temores.
¡Diantres! Me había metido en la habitación de la pequeña Bollington.

-Tranquilidad y firmeza, Eugène - me dije- Aún no ha sucedido nada irreparable. 

Conteniendo la respiración y con los zapatos en la mano, me deslicé por el parquet en dirección a la puerta. La abrí sin ruido y me vi de nuevo en el pasillo. ¡Era libre!

-Buenas noches... Monsieur.

¡Maldición! De entre todas las criaturas con las que Dios, en su infinita sabiduría, ha poblado los continentes, las islas y los pasillos, ¿tenía que tropezarme precisamente con el reverendo Foxtrott?. Saludé con una reverencia y me encerré en mi habitación, a solas con mi conciencia.

-Eugène, muchacho... Después de esto, tendrás que casarte. Noblesse oblige... -dijo mi conciencia, que es así de redicha-

Se lo comuniqué a la interesada en el desayuno, mientras finiquitaba sus huevos con beicon:

-Precioso vestido, querida. Por cierto, uh... ejem... Estamos prometidos. 

Me miró con esos enormes ojos de gacela, color de avellana, y pensé: -Caramba... Quizá no haya sido una tragedia griega, después de todo. 

-¿Ah, sí? Hum... ¿Y cómo ha sido eso? –replicó, mordisqueando una tostada-

Se lo expliqué en pocas palabras, y sólo añadió un -“Oh, vaya”.
Bien mirado, no se lo tomó tan mal, vistas las circunstancias y todo eso.

Tampoco hubo tiempo para más. En ese momento, el reverendo Foxtrott, que nos devoraba con la mirada, se dirigió a la duquesa y le dijo: “Creo que estos jovencitos tienen algo que anunciar”. ¡Y eso fue todo! ¡Estamos prometidos!
Mary Tipton se desmayó, y todos los demás parecían tan felices que nosotros también lo fuimos, y así hemos seguido desde entonces.

Ah, l'amour... l'amour est un oiseau rebelle!


NEGROS NUBARRONES

Donde Lady Parsons se muestra escasamente optimista sobre el futuro de los contrayentes.


Eugéne, querido:

No recuerdo haber estado tan perpleja desde que Lord Stanford se hizo anunciar en Ascot como Lady Stanford.
¿De veras crees que estás preparado para dar ese paso?
Alguien que colecciona insectos muertos y comparte la vajilla con su perro no está en condiciones para el matrimonio. 
¡Eugéne! Ni siquiera eres capaz de acercarte a un bebé. Recuerdo aquella vez que te dejaron a cargo del pequeño Fitzwilliams y acallaste sus insistentes llantos con un chorro de sifón.
En fin... Tendremos de aceptar lo irremediable.

Si me pides mi opinión, (No has tenido el detalle de hacerlo, pero te la daré, de todos modos) aunque estés decidido a inmolarte en el altar de Himeneo, Lady Bo no es la persona adecuada. 
En mi reputado Peerage particular, la describo como rica por parte de padre, noble por parte de madre y tonta por parte de ambos. Algo a medio camino entre madonna prerrafaelita y mosquita muerta. No sé si me explico.

Claro que, si perseveras en tu compromiso... estoy dispuesta a darle una oportunidad:
Os espero a los dos en Parsons Manor para el Año Nuevo. 
Te prometo que Mary Tipton no asistirá. Creo que está en el Continente, recibiendo algún tipo de consolation spirituelle.
No dejéis de venir, o Mamá Parsons se enfadará. Y ya conoces la simbiosis de pensamiento entre Mamá y tu tía Lady Raspa. (Sobre todo, en lo referente a testamentos y sobrinos desagradecidos).

                                                                                                                   Afectuosamente

                                                                                                                                       Lou

lunes, 9 de septiembre de 2024

UNIONES


Unión hay entre el queso y el membrillo.
Unión es la de Alá con el Profeta.
Unión, la de Romeo con Julieta
y la del fumador y el cigarrillo,
 
(acuérdense, qué vicio, el de Carrillo)
Unión, la del neonato con la teta
y monstruo aquél azul con su galleta.
Unión, la de la hoz con el martillo.
 
Unión, la del Atlético y Torrente,
del plátano canario y Oscar Puente
y, en fin: la de la Bestia con la Bella.
 
Son vínculos de ayer. En el presente,
no van a hallar unión tan permanente
como la del tapón con la botella.

lunes, 20 de mayo de 2024

CUESTIÓN DE ESTADO

 

Begoña es cuestión de Estado,
¡luz de donde el sol la toma!
y en asunto tan sagrado,
su marido enamorado
no admite ninguna broma.

Que lo sepa la Argentina:
no es que simplemente sea
pura como Dulcinea...
¡Es que es criselefantina,
como Palas Atenea!

Como primera medida,
tras la ofensa cometida,
cerraremos la embajada.
Y si no hay otra salida,
les mandamos a la Armada.

Así vais a comprender,
machistas del extranjero,
que, en España, a una mujer
no se la puede ofender,
(siendo la de Caracuero)

MENELAO

Menelao, el Rey de Esparta,
era cónyuge de Helena.
La tenía más que harta,
y ella, al fin, se la hizo buena.

Por aquello del honor
-que ella no es ninguna joya-
Menelao echa vapor...
y se monta la de Troya.

Pedro Sánchez desatina
y abusa de su poder
rompiendo con Argentina,
por cuestión de su mujer.

(Punto de comparación
discutible con Helena,
que, aunque fuera algo pendón,
estaba bastante buena)

Pero Pedro es un soberbio:
Cuanto más rabioso está,
más se acuerda del proverbio
ése de l’État, c’est moi.

El ridículo del Guapo
es de tales proporciones
que le deja como un trapo
ante el mundo y sus naciones.

lunes, 13 de mayo de 2024

SONETO RANDOM




Yo soy aquel que ayer no más decía
el verso azul y la canción profana.
“Mañana le abriremos”, respondía,
para lo mismo responder mañana.
 
Amable soledad, muda alegría
-por la terrible estepa castellana-
hacia el turbio frescor de la manzana,
miré los muros de la patria mía.
 
Campos de soledad, mustio collado,
¿nunca se ha de decir lo que se siente?
Érase un hombre a una nariz pegado.
 
Un cobarde con nombre de valiente.
Polvo seré, mas polvo enamorado,
y quien dijera lo contrario, miente.

CADA COSA, EN SU SITIO

El vulgo ignorante piensa que los sincebollistas odiamos la cebolla, y no es así. En absoluto. Las cebollas son como las chinchetas: sólo son odiosas cuando están donde no deben.
Para muestra, esto que escribí en su día:




domingo, 12 de mayo de 2024

SENTIMIENTOS ENCONTRADOS

 


El periodista don Alfonso Ussía,
que en el Parnaso en español descolla,
me sube el pavo por hacer poesía...
mientras elogia la infernal cebolla.
 
¡Las dos acciones en el mismo día!
Quien con talante liberal se enrolla
y envuelve en lauro la cabeza mía,
¡con vil cebolla mi chaveta abolla!
 
Tras ver en Malmö cómo queda Europa,
¿qué metro elijo para dar estopa?
Endecasílabos del tipo Safo.
 
Le doy las gracias, mi querido Alfonso.
Por sus papilas rezaré un responso,
y si le tengo que gafar, le gafo.