viernes, 24 de enero de 2025

XI. UNA NOCHE EN LA ÓPERA


Donde Porridge y Monsieur juntan fuerzas al servicio de Cupido.

Lou, querida:

He pasado tres semanas atrapado en Liverpot Hall, la choza de tía Maggie en Lincolnshire. Todo por culpa del atolondrado de Thomas ‘Turkey’ Singlesong-Bartholdy, mi viejo compañero de colegio. ¿Le recuerdas? Nuestra joven promesa del piano: aquel muchacho pálido y soñador, con aspecto de haber sido prolongadamente hervido.

Me lo encontré disfrutando de la hospitalidad de mi tía, en calidad de profesor de piano de mis adorables sobrinos. Su vocación artística parece estar reñida con la solvencia económica, y necesitaba un techo donde refugiarse mientras concluye su magna obra:“Boadicea, reina de los Icenos”, llamada a derribar los muros de la Royal Opera House con todos los críticos dentro.

Turkey es un alegre compañero en sus días buenos, pero tiene el defecto de ser enamoradizo como un colegial, si es que esas criaturas con granos siguen enamorándose como solían.
Le he visto languidecer por sopranos dramáticas y sopranos coloratura, aunque, en este caso, la elegida de su corazón es una mezzo lírica de gran cromatismo, conocida en el mundo como Miss Cordelia Strings, hija y heredera del honorable Sir Wilmot Strings, de Brokenchord Oaks, que dista apenas un fortissimo de Liverpot Hall.

Cuando llegué, sus corazones vibraban ya al unísono: un dúo de amor capaz de hacer llorar a los ruiseñores en sus nidos y a las comadrejas en... donde quiera que pasen sus ratos de ocio.
No he visto nada tan empalagoso desde que Arnold Fitzwilliam me cambió la pasta de dientes por leche condensada.

Te preguntarás qué pinto yo aquí, como troisième larron, entre estos dos tortolitos. Como buena aficionada a la ópera, sabes de sobra lo que ocurre cada vez que el tenor y la mezzo declaran que se aman: impepinablemente, un barítono se opone. 

El barítono no es otro que Sir Wilmot Strings, que hizo su fortuna en el negocio del acero y, al decir de Turkey, tiene el corazón de una aleación particularmente dura.
Estos millonarios tienden a considerar que todo el mundo comparte su estrecha y crematística visión de la existencia. Muy particularmente, los pretendientes de sus hijas.

Había razones fundadas para temer que, si el viejo Strings se olía la liaison amoreuse entre su hija y el pianista, las cosas se pondrían muy feas para el pianista.
Y aquí es donde entra Sans-Foy en escena, con el proverbial savoir-faire y conocimiento del mundo que caracterizan... a Porridge: en cuanto Turkey me vio aparecer en Liverpot Hall, se arrojó a mis brazos como un gondolero sobre un plato de ravioli.

-Eugène, viejo cacharro, tienes que ayudarme. ¡Es asunto de vida o muerte!
-Estoy a tu entera disposición, muchacho. Si se trata del bello sexo...
-Se trata.
-Entonces, cuenta con mi simpatía y mi exper...
-¡Al cuerno con tu experiencia! ¿Ha venido Porridge contigo?

Son momentos que me hacen dudar del papel que me correspondería, si Porridge y yo tuviésemos que representar a don Quijote y Sancho Panza, a Amadís y su escudero Gandalín, a Lanzarote del Lago y su... quien quiera que le abrillantase el casco. Me pregunto qué papel nos daría a cada uno el director de escena... y prefiero no responderme.

-Porridge, le presento al joven Singlesong-Bartholdy.
-Tengo el gusto de conocerle desde que era muchacho, señor. Serví en casa de su tío Cornelius.

Había algo parecido a cordialidad en la manera en que Porridge se interesó por las cuitas de Turkey. Nadie describiría a Porridge como un individuo proclive al sentimentalismo, pero percibo que, con los años, va desarrollando una mayor tolerancia hacia los dislates de la vida amorosa.

Te estarás preguntando qué estratagema se le ocurrió para atravesar la férrea coraza de Sir Wilmot Strings. Pues bien: en presencia de lo más granado de la sociedad de este apartado agujero del Imperio, ayer tuvo lugar en Liverpot Hall una representación de aficionados de “Rosaura, la Figlia del Carceriere” drama lírico en dos actos con letra y música de T. Singlesong-Bartholdy, con arreglo al siguiente reparto:

Rosaura, figlia del carceriere:  Miss Cordelia Strings, mezzo.
Lindoro:  Mr. Thomas Singlesong-Bartholdi.tenor.
Rocco, carceriere di Palermo:  Sir Wilmot Strings, bajo-barítono.
Ruggero, Gran Conte di Sicilia:  Mr. Wilbur Porridge, barítono.
Un paje/ un mensajero/ un prisionero:  M. Eugène de Sans-Foy, tenor.

Es cierto que el mío no era un papel de relumbrón, pero no faltaban un par de frases dramáticas a las que supe imbuír del patetismo necesario para el buen fin de la obra: predisponer a Sir Wilmot a favor del amor verdadero, contra la mezquindad de quienes a él se oponen.

El aria de Lindoro, “Ah, carceriere del mio cuore”, y su dúo con Rosaura, “Anchese tutto passa, il nostro amore resta”, fueron entonadas con una vehemencia nunca vista ni oída en Lincolnshire.
Merece mencionarse el aria del Gran Conte, “Pentiti, padre funesto!”, en la que Porridge se revela como un barítono dramático de gran brillantez en los registros graves.

En suma, la representación fue un éxito: los aplausos y las ovaciones del público sumieron a Sir Wilmot en un revoltijo de emociones como aquél que se traga barcos enteros en Noruega, y tal y como estaba planeado, el anuncio del noviazgo le llovió encima, con grandes lagrimones por su parte, nada más caer el telón,

Me complace anunciarte que la señorita Strings será próximamente la señora Singlesong-Bartholdy. Hasta es posible, sólo posible, que Sir Wilmot financie la representación de “Boadicea, reina de los Icenos”.

En el tren de vuelta a Londres, repasé los acontecimientos con el Gran Conte de Sicilia:
-Porridge...
-¿Milord?
-¿Se fijó Vd. en la cara de Sir Wilmot al final de la obra? Nunca había visto tanta variedad de colores en un rostro humano.
-Muy destacable, señor, aunque esperable en un individuo de su temperamento y complexión.
-Creo que esquivó el infarto por un pelo.
-Era un riesgo que había que asumir, señor.
-¡Porridge! ¿No me diga que lo había previsto?
-Una eventualidad lamentable, sin duda... que no habría impedido la unión de la feliz pareja, milord.
-Me da Vd. miedo, Porridge.
-Siento oírlo, señor.

viernes, 17 de enero de 2025

X. EL CINEMATÓGRAFO CONTRA EL REVERENDO FOXTROTT



Donde la joven Lady Parsons ilustra a Monsieur sobre el apacible decurso de la vida provinciana.

Querido Eugène:

El invierno en el campo es duro. Más aún cuando aquéllos que podrían traer un poco de distracción remolonean en la metrópolis, mosconeando de fiesta en fiesta.
Me pides una crónica de nuestra vida social. Bien podría enviarte una hoja seca, pero en los árboles ya no queda ninguna. El único suceso digno de mención ha sido la llegada a Parsonsville del “cinematógrafo sonoro”, suceso al que dedicaré algunas líneas:

El “Salón Broadway de Variedades Anglo-Americanas”, propiedad del obeso y avispado signore Cannizzaro, es un éxito sin parangón en la comarca, si bien existen serias dudas sobre el efecto moral de semejante espectáculo en las clases populares.
La fuente de tales dudas no es otra que el reverendo Foxtrott, pues, desde que llegó el cinematógrafo, la asistencia a los oficios dominicales ha caído en picado.
“Corrupción”, “Decadencia” y “Sodoma y Gomorra” son lugares comunes en su conversación, lo mismo a la hora del té que en la mesa de bridge, convirtiendo las apacibles tertulias de Parsons Manor en algo muy parecido a un velatorio.

Para que te hagas idea de lo mal que estaba la cosa, el pobre reverendo llegó a pedir consejo a su mortal enemigo, el padre McNamara, quien le hizo una demostración de superioridad moral plantándose en la entrada del cine y gritando: “¡Católicos romanos! ¡Fuera de la fila!”. Una docena larga de almas fueron salvadas y conducidas manu militari a la parroquia católica.

Pero el reverendo Foxtrott no es el padre McNamara, que cargó contra los alemanes en Ypres, al grito de “¡A por ellos, maldito sea Lutero!”. El reverendo es un anglicano apacible, a quien la perfidia del mundo le pasa por encima como un tropel de turistas sobre el musgo parroquial.

Si con “El Fantasma de la Ópera” la asistencia a los oficios quedó reducida a los mayores de 50, con “La Quimera del Oro”, las bajas diezmaron incluso a los parroquianos más venerables. Era preciso hacer algo antes de que Parsonsville, y con él Inglaterra entera, “se precipitase por la pendiente de la amoralidad y la disipación.” Creo que es así como lo describió el reverendo a la hora del té.

Parsons Manor es un oasis de libertad en materia de fe: los Parsons de Shropshire somos católicos, los Parsons de Lancashire, anglicanos; McGrog es presbiteriano escocés, la señora Muffwater, metodista... y hay quien sostiene que Mary Tipton se reúne con los druidas en algún lugar del bosque. 
Está claro que no vamos a cargar contra la herejía con el Book of Common Prayer en una mano y la Cruz de San Jorge en la otra, pero el reverendo Foxtrott es un amigo entrañable, y a todos nos duele verle sufrir. Tú mismo sentirías compasión por él. Sobre todo, después de lo que le hiciste a su Morris descapotable.

Varios fueron los intentos de hacer prevalecer la Palabra de Dios sobre las añagazas del Maligno: El primero y no menos efectivo consistió en poner en marcha la calefacción de la iglesia, si bien fue astutamente contrarrestado por el signore Cannizzaro mediante vulgares estufas de queroseno. 
Jugándose el todo por el todo, el reverendo Foxtrott se atrevió a sustituír como organista a la anciana señora Bones, dando paso a su nieto Maximilian “Frisky” Bones, nuestra joven promesa del jazz.
Ni siquiera eso volvió a llenar los bancos, aunque te aseguro que con “O Happy Band of Pilgrims”, se movieron tanto los pies como en los garitos del West End, y con “Three in One, and One in Three” se llegó a marcar el ritmo con palmadas.

Tras casi un mes de titánicos esfuerzos, el tanteo estaba en un desolador
Salón Broadway, 3
Parroquia de St. Dunstan, 0

Pero, como dice el reverendo Foxtrott, “nunca debemos desfallecer cuando servimos a una causa justa”. Nuestras plegarias iban a ser escuchadas: la última semana de enero, la prima Arabella regresaba de su gira por los Estados Unidos.

Recordarás a Arabella Whirlwind , la soprano. El crítico del Herald Tribune dijo de ella que era “un ave canora extraordinariamente apetitosa”, y el del Chronicle, ese grosero, se atrevió a llamarla El Busto. Los hombres no olvidáis facilmente a la prima Arabella.

Después de intercambiar los chismes más urgentes sobre la evolución de la moda a ambos lados del Atlántico, mamá y yo pusimos a la prima al corriente del ocaso moral de Parsonsville, y entre las tres urdimos un plan para remediarlo.

En primer lugar, y a modo de terapia de choque, la prima compareció por sorpresa en el oficio matinal, obsequiando al auditorio con un How Beautiful Are The Feet  capaz de conmover los corazones más pétreos, y un Rejoice greatly, O daughter of Zion con el que estuvo a punto de reventar las costuras de su ceñidísimo vestido. 
Tendrías que haber visto la cara de Frisky Bones intentando seguirla con el armonio.

Tras ese aperitivo vino el verdadero tour de force, consistente en tres amenas charlas sobre el tema: “la explotación de la juventud: corazones rotos por el sueño americano”.
No quisiera aburrirte con los detalles, pero se citaron casos verídicos de jovencitas seducidas por la magia del cine que acabaron en las corruptoras manos de fumadores de puros, generalmente italoamericanos, con el inevitable corolario de buhardillas húmedas y pobres huerfanitos.
Con las lágrimas y demás mucosidades puestas en circulación, podría haberse sumergido la isla de Manhattan con todos sus teatros dentro. 

El resultado fue una caída en picado de la clientela del Salón Broadway. Y, si bien la parroquia de St. Dunstan hubo de repartirse los tránsfugas con la taberna del pueblo, el contador final fue una aplastante victoria del Bien sobre el Mal y del pequeño y enjuto reverendo Foxtrott sobre el malvado y barrigudo signore Cannizzaro.
En adelante, el Salón Broadway permanecerá cerrado los domingos hasta la hora del té.
La guerra ha terminado.

Nuestro representante en el Parlamento, el Honorable Sir Neville Herbertson-Purvis, dice que, si la prima Arabella entrase en política, la Cámara de los Comunes se removería hasta los cimientos. No sé si se refiere a su voz, a su oratoria o a su poitrine.

Sé bueno y ven a vernos para el Festival de la Remolacha.

Afectuosamente

Lou

viernes, 10 de enero de 2025

IX. UN ESPÍRITU DEPORTIVO


Dejamos a Eugène de Sans-Foy en Bollington Court, residencia familiar de su prometida, sometido al chantaje de un pilluelo llamado Arnold Fitzwilliams.

-¿Milord?
-¿Sí, Porridge?
-Quisiera plantear al señor la conveniencia de cambiar de estrategia en el asunto Fitzwilliams, señor.
-¿Y eso?
-Ha rechazado la corona. Quiere una libra.
-¡Una libra! ¡Ese niño es un usurero!
-Del todo inaceptable, milord.
-¡De ninguna manera!
-Así se lo he manifestado, milord.
-Bien, Porridge... Supongo que esto es la guerra... ¿Estamos preparados?
-Con total seguridad, señor. 
-Considérelo un asunto prioritario.
-Me pondré a ello de inmediato, señor.

Las últimas palabras de Porridge aliviaron algo mi inquietud. Le conozco lo suficiente como para saber que sus palabras son tan fiables como un pagaré de la Banca Rothschild.
Un tipo solvente, este Porridge. 
Sólo había un detalle de las recién declaradas hostilidades que no acababa de convencerme, y era que Porridge asumía en ellas un vago papel de potencia aliada.  El destinatario de las maniobras enemigas iba a ser yo y sólo yo.
Muy desagradable.

Allí estábamos: Sir Lancelot y su escudero Porridge, atrapados en el castillo del malvado Maleagant. Eso me hizo pensar en la Reina Ginebra... y en asentar mi espíritu con un buen trago de algo seco.
Escancié una generosa dosis y, cuando iba a llevármela a los labios, todo mi ser se estremeció como si hubiese pisado una anguila eléctrica: ¿Qué demonios...?
Sobre la dorada superficie del licor, flotaba lo que parecía un equipo de waterpolo en miniatura. 
¡Moscas! ¡Maldita sea! ¿Es que ya no existen límites a la barbarie humana?

-¡Mire, Porrige! ¡Moscas!
-Muy cierto, milord. Éxodo, 8:20.
-Al parecer, ha optado por saltarse los piojos.
-Quizá no los haya encontrado frescos en esta época del año. 
-¡Maldita sea, Porrige! ¡Tenemos que hacer algo! ¿Cuál es la próxima plaga?
-La enfermedad del ganado. Éxodo, 9:1
-Si él se ha saltado los piojos, nos saltaremos ésa. ¿Cuál es la siguiente?
-Sarpullido incurable.
-Suena espeluznante. ¿Cómo lo ve, Porridge?
-Déjelo de mi cuenta, milord.

El resto del día transcurrió apaciblemente. Arnold Fitzwilliams se mantenía a prudencial distancia, y la noche llegó para dar reposo a nuestras almas atribuladas.
La mañana empezó temprano, con el estrépito de la sirena de incendios. ¿La sirena de incendios? Me asomé a la ventana y ví al joven Fitzwilliams atravesar el parque ululando en dirección al estanque, y arrojarse en él.
Fue atendido por el jardinero.

-¿Qué te pasa, muchacho?
-¡¡¡Me pica -me pica -me pica -me pica -me pica....!!!
-¿Avispas? ¿Te has acercado a un avispero, chico?
-El joven Arnold interpretó una breve pantomima anfibia y regresó a la casa, dejando tras de sí un reguero húmedo.

-¿Ha puesto avispas en su ropa, Porridge?
-Nunca haría tal cosa, milord. Las avispas son peligrosas.
-No llegaremos a nada con tanto remilgo. ¿Qué le ha puesto, entonces?
-Rocié sus  medias con un concentrado de ortigas. 
-Bien jugado, Porrige.

La represalia del enemigo consistió en un torpe intento de apedreamiento con gravilla. Sólo alguien muy caritativo lo habría admitido como Plaga del Granizo.
Regresé a mi habitación con la certeza de que esta guerra no iba a durar. Le habíamos tomado la delantera.

Dice el poeta, no recuerdo cual, que nada es más arriesgado que el optimismo prematuro. Al entrar en mi habitación fui objeto de un caluroso recibimiento, en modo alguno cordial, por lo que parecía un enjambre de envoltorios de caramelo voladores. 
¡Mantis! ¡Mi habitación parecía un servicio dominical de mantis religiosas! 
Cuando pude quitarme de encima las tres o cuatro más belicosas, busqué a la puerta... y entonces, se apagó la luz.

-¡Ahí! ¡Ahí queda otra! 
-Es un envoltorio de caramelo, milord.
-¿Está seguro de que las ha echado a todas? ¡No quiero volver a ver una mantis en mi vida!
-Langostas y Tinieblas... Dos plagas en una. Muy ingenioso, milord...
-Hay que acabar con esto, Porridge. Vaya a parlamentar.
Porridge abandonó la habitación mientras le gritaba las últimas directrices:
-¡Páguele la maldita libra! ¡Y dígale que me importa un pito si es primogénito o no! ¡Cuando le coja, le voy a retorcer el pescuezo con mis propias manos!

Conocí la respuesta en el desayuno.
-¿Le ha dado la maldita libra?
-Rechazó el dinero, milord.
-¡Maldita sea! ¿Qué quiere ahora? ¿Un saco de billetes y un coche en marcha?
-No quiere nada. Me estrechó la mano, milord.
Reconozco que aquel giro de los acontecimientos me sorprendió.
-¿Le estrechó la mano? ¿Y no tenía un escorpión dentro, o algo peor?
-Dijo que éramos rivales dignos de él.
-Me deja Vd. de piedra.
-No cabe duda de que el joven Fitzwilliams posee un espíritu deportivo, milord.
-Estoy gratamente sorprendido.
-Muy comprensible, dadas las circunstancias.
-¿Sabe? Estoy por considerar que esta historia ha tenido un final feliz. 
Una última cosa, Porrige...
-¿Señor?
-Vigílelo.
-Como si me fuese la vida en ello, milord.

FIN

viernes, 3 de enero de 2025

VIII. EL ENEMIGO INTERIOR



Donde Eugène de Sans-Foy relata a su buena amiga Lady Parsons su estancia en Bollington Court, residencia familiar de su prometida, la encantadora Lady Bo.

Queridísima Lou:

Te prometí una crónica exhaustiva de mi primera estancia en el solar de los Bollington, y lo que te envío es casi una novela de crímenes.
Te aseguro, querida, que la semana que he pasado con ellos ha sido más pródiga en incidentes que la última guerra zulú.

Bollington Court -no te ofendas- es más grande que Parsons Manor. Sus parques y jardines podrían alojar a toda la fauna del Serengueti, y hacerlo de forma que los animales sociales no tuviesen que frecuentar a sus parientes políticos. Honestamente, aquello es el paraíso. Y, como todos los paraísos, tiene su serpiente, que me fue presentada apenas bajé del coche:

-“...Y este tesorito es mi primo Arnold. Arnold Fitzwilliams”.

Me encontré frente un individuo pecoso, de mirada torva y baja estatura. Llamarle niño podría inducir a confusión. Niño es un sustantivo impropio para un fulano que ha aprovechado sus nueve años de existencia para adquirir las habilidades de un maestro, de un virtuoso en arte de fastidiar. Cuando le tendí la mano, se limitó a mirarme como un carnicero que sopesa una vaca en venta.

-¿Cuánto tiempo piensas quedarte aquí?
-Una semana, chiquitín.
-Te costará una corona. Puedes pagarme ahora.
-¿Pagarte? ¿Por qué?
-Es mi tarifa.
-Anda, picaruelo... Ayúdame con las maletas y te daré un chelín.

Sus ojos parecieron hundirse en la pizza pecosa de su cara, y algo decididamente incompatible con una sonrisa se recortó en la parte inferior.
Ya entonces debí imaginar que habría problemas con Arnold Fitzwilliams.

El resto de la tribu Bollington es apacible como un rebaño de hervíboros, si bien, por su conversación y hábitos, podríamos subdividirlos en ovinos y bovinos. 
Lady Bollington encabeza el bando de las ovejas, mientras Su Señoría, el Muy Honorable Papá Bollinton, acaudilla al género vacuno.
Todo muy campestre. Ambos rebaños están compuestos por la habitual proporción de hermanos, hermanas y tías solteronas, con la adición de un par de individuos inclasificables que parecen estar allí desde tiempos de los Estuardo.

Desayunos copiosos, tés campestres y cenas de cuatro platos nos ocupaban la mayor parte del día. El resto del tiempo lo dedicábamos a admirar la campiña y a digerir como boas.
El primer tropezón en tan sosegada existencia se presentó inopinadamente en la soledad del baño. Sumergido en la bañera, me di cuenta de que el agua tenía un reluciente color carmesí, y yo flotaba en ella como un Marat recién apuñalado. Me llevé un buen susto.

Un pequeño tintero en el fondo de la bañera lo explicaba todo. Mi sistema circulatorio seguía satisfactoriamente estanco. ¿Cómo diantres había llegado allí?

Durante el segundo día, no ocurrió nada de interés. Gané quince peniques al bridge, lo cual es mucho en aquél geriátrico de tahúres. Un agradable paseo por la rosaleda con mi querida Bo me había dejado del mejor humor, y tras un baño sin incidentes, me metí en la cama.
Antes de hundirme del todo en el colchón, ya tuve la certeza de que algo no iba bien: no estaba solo. 
Lo que quiera que fuese era pequeño, frío y condenadamente inquieto. Traté de hacer rápida memoria del tipo de serpientes venenosas que habitan en Shropshire, pero, antes de que mi atribulado cerebro llegase a alguna conclusión, mis piernas ya habían saltado de la cama. Levanté el edredón:
Ranas. Tres rollizas y verdes ranas, mirándome como si fuese un batracio particularmente odioso.

Había guardado silencio sobre lo del baño de tinta, pero aquél asunto de los anfibios tenía enjundia suficiente como para recurrir a Porridge.

-Veo la mano de ese monstruito en esto, Porridge.
-Es más que posible, señor.
-Ya sabe, Arnold Fitzwilliams, esa especie de comadreja con gorrita de tweed. Me pidió dinero cuando llegué aquí.
-¿Y milord no se lo dio?
-Me pidió una corona.
-¡Caramba!
-Eso mismo pensé yo, Porridge. ¡Caramba!
¿Qué cree que estará tramando ahora?
-Piojos, señor.
-¿Piojos? ¡En el nombre de Dios Todopoderoso! ¿De dónde ha sacado esa idea?
-Éxodo 8-16, señor.
-¿La Biblia?
-El Pentateuco, señor: las Plagas de Egipto. Primero, el agua se convierte en sangre, después, las ranas; en tercer lugar, los piojos...
-Pero ¿a qué clase de retorcido psicópata nos estamos enfrentando?
-A uno muy aventajado, milord. Me atrevería a sugerir que la tarifa de una corona puede no ser tan exagerada.
-¿En serio? ¿Vamos a tirar la toalla ante un mocoso de nueve años?
Porridge, noto picor en el pelo. Mire a ver si ve piojos.
-Ni rastro de ellos por el momento, señor.
-No es por el dinero... es por el principio. ¿Cuántas plagas eran?
-Diez, milord.
-¿Podría hacerme un resumen?
-Sangre, ranas, piojos, moscas, ganado muerto, pústulas...
-¡Pústulas! ¡Dios Todopoderoso, Porridge! ¡Traiga mi cartera!
-Sabia decisión, señor.
-Y traiga también una Biblia. Quiero leer esa parte donde aparece el Rey Herodes.


(Continuará el próximo viernes)

martes, 31 de diciembre de 2024

UN SONETO PARA EL AÑO NUEVO


¡Aquí está ya el Concierto de Año Nuevo!
En el Musikverein, que es un tesoro
-chapado hasta el retrete en pan de oro-
Estar allí en persona cuesta un huevo,

y como a tanto gasto no me atrevo,
lo puedo ver aquí, en la Piel de Toro:
La orquesta, los impúberes del coro...
y a Muti, que no es ya ningún efebo.

El año va a empezar en dos patadas.
No hay año que, al sonar las campanadas,                                
contemple nuestras canas y se apiade.

Y si la transición es inminente,
¿qué menos que empezar alegremente,
con Muti, con Strauss y Martín Llade?   

¡Feliz Año nuevo a todos!

viernes, 27 de diciembre de 2024

VII. PANTALONES A CUADROS


Donde Eugène de Sans-Foy manifiesta a la joven Lady Parsons ciertas desavenencias de índole doméstica.

-“Lamento informar al señor de que me es imposible permanecer bajo el mismo techo que los pantalones del señor”.

¿Puedes creerlo, Lou? ¡Porridge se ha despedido! ¡Así! ¡Sin la menor consideración para con mi bienestar físico y espiritual! Estoy persuadido de que la Civilización Occidental atraviesa sus días postreros. No hay respeto, no hay dignidad, no hay valores sagrados.

En fin, Lou... no te negaré que me encuentro algo decaído. Esta tarde he ido a prepararme un reconstituyente y no he sido capaz de encontrar los vasos ni el sifón. Afortunadamente, el whisky estaba en el lugar de costumbre, pero he tenido que servírmelo en un jarroncito de Sèvres. 
Páramos de soledad, mustio collado... Mi vida es un infierno.

Todo comenzó la semana pasada, cuando salí a disfrutar de la tenue caricia del sol invernal. Cruzando Saville Row, me tropecé literalmente con él: con el pantalón, quiero decir. Es un pantalón a cuadros, corte sportsman, con dobladillo. Puede que los cuadros sean grandes y los colores algo chocantes para el deán de Canterbury... pero ningún caballero menor de cincuenta que haya frecuentado los hipódromos, las regatas y los campos de golf podría sustraerse a sus encantos.
Entré con ellos puestos en el Buzzy Bugs’ y recibí frenéticas muestras de admiración, con la sola excepción del idiota de Pickle-Pinkerton... pero ya sabes que Freddy es la envidia hecha pecas.

Porridge disfrutaba de su tarde libre. Al regresar a casa, se encontró los pantalones sobre la cama, esperando sus minuciosos cuidados.

-Temo que la lavandera ha sufrido una confusión, señor. He encontrado una prenda que no pertenece al señor.
-¿Se refiere quizá a mis nuevos pantalones a cuadros? Demoledores, ¿no cree, Porridge?
-(...)
-¿Ocurre algo, Porridge?
-(...)

Permaneció el resto del día sumido en un hosco silencio.
Mientras me servía la cena, la tensión podía cortarse con el cuchillo del pan. Y cometí el error de volver al tema, con las fatales consecuencias que ya conoces: “o los pantalones, o él”.
Ya comprenderás que un caballero no puede ni debe aceptar imposiciones de sus subordinados, así que no me quedó otra que desearle mucha suerte en la vida y ofrecerle excelentes referencias.

Oh, Lou: tengo una lata de lengua en salsa para cenar, y ni siquiera sé cómo diantres se abre.
Mañana llegará el sustituto que me envía la agencia. Cruzo los dedos para que sea mejor que los tres últimos.

LA CURIOSIDAD TIENE EL CUELLO LARGO

Donde Wilbur Porride se sincera con su amigo y colega Angus O’Flagherty, Secretario Segundo del Club Ganímedes, al que pertenecen los más conspicuos miembros de la profesión de Mayordomo y Ayuda de Cámara de la Metrópoli y sus dominios de ultramar.

Querido Angus:

Me complace informarte de que mi situación profesional en casa del caballero Sans-Foy ha vuelto a la normalidad, y ello se ha producido sin menoscabo alguno para la dignidad de nuestro respetable oficio.
Recibí una carta de la joven Lady Parsons en la que me comunicaba la desaparición del casus belli que me separaba de mi señor. El asunto, al parecer, fue como sigue:

Milord pasó toda la semana bajo el influjo diabólico de aquellos malditos pantalones. Los exhibió en el Club, los exhibió en la City, los exhibió en St. James... y no quiero confirmar si llegó a ponérselos en la Catedral de San Pablo.

Como dice siempre mi tío, el padre McCaulin, “el demonio es generoso con quienes le idolatran, pero, si el camino es dulce, el destino es amargo”.

Lucifer estuvo particularmente inspirado el sábado por la mañana, pues sólo así me puedo explicar la concurrencia en el mismo punto y a la misma hora, de los pantalones de milord, con milord dentro, y una cabalgata del Circo Barnum, que, según me cuentan, incluía acróbatas a pie y a caballo, y diversas especies de cuadrúpedos de la fauna asiática y africana.

Pasaron los caballos y todo fue bien. Con los camellos y los dromedarios tampoco hubo novedad. Llegó el turno a los elefantes, para regocijo de la chiquillería... Sin incidentes dignos de mención. Pero, hete aquí que, cerrando la cabalgata, venía una jirafa. Una jirafa hembra de seis años, de nombre Penélope, por más señas.

Dice el poeta persa que, “a menudo, los animales cumplen más fielmente que los humanos los designios del Hacedor”. 
No sería descabellado aventurar que fue el Hacedor quien persuadió a Penélope de que tales pantalones no eran algo que una jirafa decente pudiese pasar por alto.

Primero se detuvo, como sorprendida. Después bajó su gran cabeza y observó a milord de hito en hito. 
He tenido el placer de conocerla personalmente y te aseguro, amigo mío, que tiene las pestañas más arrebatadoras que he visto jamás, por lo que el privilegio de su mirada es algo que sobrecoge a un alma sensible.También es verdad que esos ojazos te miran desde un pedestal de 14 pies de altura y 2.000 libras de peso, así que el encanto de su mirada no está del todo exento de intimidación.

Lo cierto es que Penélope se detuvo en seco y seleccionó a milord de entre el público, acercando su rostro al suyo con las más efusivas muestras de reconocimiento. Milord aguantó el tipo galantemente, como corresponde a un caballero. Al menos, hasta que la  jirafa empezó a lamerle el rostro con una lengua del tamaño de un bate de cricket. Sólo entonces optó por retroceder discretamente parque a través. 

Se puede competir ventajosamente con una jirafa en agilidad verbal y juegos de manos, pero intentar correr más deprisa es un esfuerzo destinado al fracaso. Toda una generación de infantes londinenses recordará la alocada carrera a traves de Hyde Park del caballero de pantalones a cuadros perseguido por la jirafa.

No quiero extenderme en detalles innecesarios, pero la conclusión de tan singular evento se tradujo en el más profundo aborrecimiento por parte de milord ante cualquier persona, animal o cosa estampada a cuadros.

El cuidador de la jirafa me cobró veinte dólares por el trabajo, que al cambio hacen casi dos guineas, pero estarás conmigo en que un animal que es capaz de memorizar una cara por una simple fotografía, y reconocerla luego entre la multitud, no merece que le regateen el salario. 
La familia Giraffidae tendrá siempre en mi corazón un lugar preferente entre el vasto Orden de los artiodáctilos.

Tuyo Affmo.

Wilbur F. M. Porridge.

lunes, 23 de diciembre de 2024

EL REGRESO DE PÉRFIDUS

 

El Syphilis Saloon de Pottawatomie Creek ha cambiado bien poco en estos años. Tampoco se ha limpiado gran cosa. Los grandes espejos colocados tras la barra no resistieron las alegres balaceras electorales, y han sido sustituídos por afiches de actrices de moda, que muestran impúdicamente sus tobillos a la habitual patulea de mineros, buscavidas, mormones y buscavidas mormones.

Moses Slotnik y su hermano Mordecai han conseguido mantener abierto el negocio entre las sucesivas fiebres del oro y descargas de plomo. No son más ricos ni más honrados, pero ambos se han hecho viejos. 

Tres incendios, dos estampidas y un ataque indio han distraído algo a sus habitantes, pero el recuerdo de Pérfidus Bocarte McFoster nunca ha abandonado el pueblo. Esta tarde, cuando la silueta del viejo Ripper y su jinete se recortaron sobre el horizonte, todos supieron que la Tierra había dado otra maldita vuelta de ciclo.

No hubo mestizos huérfanos que amarraran al penco, triste despojo de su antigua gloria. Las botas de McFoster golpearon el suelo polvoriento como cadáveres de cuervos, y las espuelas tintinearon fatigosamente sobre las escaleras del Saloon. El negro escupitajo de tabaco no cayó sobre el perro, sino que alcanzó la escupidera con suficiente fuerza como para hacerla orbitar un rato sobre sí misma. Pérfidus se sentó.

Pasaron unos instantes sin que ni Moses, el camarero, ni Mordecai, el pianista, ni ninguna de las negras almas con forma de parroquianos palurdos acodados en la barra se atreviese siquiera a respirar. El sonido de un moscón atravesó la sala para volver decepcionado al sucio establo del que había salido.
Pérfidus McFoster se levantó de la silla y se acercó a la barra.

-Me gustaría tomar un maldito bourbon, si es que tiene.

Moses descorchó la botella, y sólo su larga práctica en el oficio y la medicación para el delirium tremens obraron el milagro de que no derramara una gota fuera del vaso. McFoster se lo llevó a los labios y bebió. En ese instante, Mordecai recobró el control sobre sus falanges y comenzó un tímido caracoleo sobre el teclado.

No hubo más palabras, no hubo torvas miradas, gestos ni ademanes. Pérfidus siguió bebiendo despacio, con la mirada perdida entre el polisón y las enaguas de las actrices pintadas.
El Saloon fue recuperando la respiración y llegaron a oírse algunas conversaciones y hasta risas de los parroquianos que no sabían quién era Pérfidus Bocarte McFoster, el inmoderado asesino, descuartizador y réprobo del Estado de Kansas.

El color granate de su cara y el hecho de que sus ojos asomasen desaforadamente de sus órbitas indicaban que Moses Slotnik estaba a punto de decir algo:
-Hace tiempo... que no... le veíamos por aquí.
-Diez años -respondió Pérfidus, sin quitar la vista del polison-
-¿Ha estado...f-fuera?
-He estado en la cárcel.

Mordecai, más atento a la conversación y al 44 Russian de McFoster,  perpetraba una versión particularmente libre del Lamento del Cowboy.
Pérfidus señaló el vaso y Moses volvió a llenárselo con algo más de calma.

En aquél momento, las puertas del Syphillis Saloon se abrieron de par en par y dejaron paso al más desordenado, caótico y ruidoso trío de barbudos que haya asaltado un salón en día de paga. No parecían mineros: llevaban trajes de ciudad, pero tan polvorientos y raídos que se diría que habían cruzado el Rock Canyon cabalgando unos sobre otros.

Aldaman, McKoldo y Ábalous entraron al Saloon vociferando entre grandes risotadas, mientras arrastraban un sucio baúl que casi parecía un ataúd.

-¡Ja, ja, ja! ¿Qué me decís ahora? ¿Estaba o no estaba donde lo dejé? -dijo Aldaman, apartándose de la boca sus polvoriantas barbas.
-Vamos a repartirlo -dijo McKoldo- ¡Pero antes tomaremos unos tragos!
-Os diré lo que haremos, -dijo Ábalous, que era claramente el más correoso de aquellos tres truhanes- Hemos pasado suficiente tiempo entre rejas por esconder dinero: no quiero cabalgar con mi parte a cuestas por el desierto, ni aunque me proteja ese pájaro de McFoster.
-¿Y qué quieres? -dijo McKoldo- ¿gastártelo en carne, como haces siempre?
-No. Quiero una vida tranquila: vamos a comprar el pueblo. Aldaman se quedará el banco, tú el hotel, y yo, el Saloon.
-Más despacio, amigo, -dijo Moses, el camarero- El Saloon no está en ven... -La palabra murió en sus pringosos labios, porque Ábalous había levantado la tapa del cofre, y el brillo del oro había teñido el local y a los parroquianos del dulce color de los sueños.
-¡La madre que parió a Paneque...! -Eso lo dijo Mordecai, cerrando de golpe el piano. Su hermano Moses se había convertido en una gárgola boquiabierta, demasiado pétrea para emitir sonido alguno.

Apenas unas horas después, el Saloon seguía oliendo igual, pero los personajes habían cambiado de sitio: Aldaman, McKoldo y Ábalous vestían los trajes de los antiguos dueños, que no eran exactamente de su talla, pero tenían la ventaja de no estar hechos andrajos. McKoldo servía whisky a los parroquianos -Hoy invita la casa, pero no os acostumbréis- mientras los hermanos Slotnik, muertos de risa, arrastraban sendos baúles hacia la puerta.

Solo Pérfidus McFoster permanecía silencioso en el mismo lugar.

-Bueno, Bocarte... -dijo Moses- ¿te quedas con los nuevos amos? ¡Aquí te vas a hartar bourbon gratis!

McFoster se levantó despacio y pasó junto a Moses, agachado junto a su baúl. Le escupió en la frente su negra mascada de tabaco. Las espuelas tintinearon y Pérfidus salió del Salóon, perdiéndose en la noche. El galope de Ripper fue lo último que supieron de él.

Secuela de un viejo relato navideño intitulado "PÉRFIDUS... A CHRISTMAS CAROL"

viernes, 20 de diciembre de 2024

VI. REBELIÓN A BORDO



Donde la joven Lady Parsons hace saber del lamentable estado de inanición en el que se encuentra toda su estirpe.

Eugène, estoy desesperada: tienes que mandarme aquí a Porridge en el tren de las doce.
Sólo así llegará a tiempo para evitar el desastre.
 ¡Oh, Eugène, no sabes lo que ha sido esto durante la última semana!
Mrs. Muffwater, nuestra cocinera, ha entrado en ignición. Nadie sabe bien cómo empezó. Creo que uno de los camareros novatos le fue con un comentario displicente de Lady Cheddar sobre su pastel de hígado y cebollas. 
¡Lady Cheddar, esa vieja obtusa que no sabría diferenciar unos oeufs Richelieu de un cesto de higos chumbos, se permitió criticar la Joya de la Corona del recetario Muffwater! ¡El pastel de Hígado, cuyos arcanos le han sido transmitidos por línea materna desde los lejanos días del Parlamento Largo!

Eso ocurrió el lunes. Desde entonces, nos alimentamos de té y huevos duros.
Nadie se ha atrevido a bajar a la cocina, porque, ponerse delante de los ojos de Medusa de la cocinera sería arriesgarse a que anuncie su dimisión... Y antes de que eso ocurra, sería preferible ver arder Parsons Manor en gozosa y apocalíptica pira.

Pensarás que alguien tan solvente como McGrog, el mayordomo, se basta y se sobra para resolver semejante minucia... Si le vieras ahora, perderías toda esperanza: su ojo izquierdo irradia el fatalismo de un hombre superado por las circunstancias. No podemos saber lo que irradia el ojo derecho, porque lo mantiene cubierto con un filete de ternera.

Mañana, sábado, tendremos aquí a cenar a los Príncipes de Liechtenstein. ¿Te lo imaginas, Eugène? ¿Tendré que encargar pastel de riñones y una pierna de cordero en “El Pollo y la Anaconda”?

Estoy tan desesperada que no veo otra solución que Porridge. Porridge o el fuego purificador. 
Puedes decirle que se lo he comentado a McGrog y ha asentido dolorosamente. No sabes cuánta desesperación puede expresar este hombre con un solo ojo.


TESEO Y EL MINOTAURO

Donde Wilbur Porridge, valet de Monsieur de Sans-Foy, agradece a su tio Seamus, de Pudding Point, Tipperary, su inapreciable ayuda en la resolución de la presente crisis.

Querido tío Seamus:

Lo primero, agradecerte la prontitud de tu respuesta.
Tu telegrama fue para mí como un rayo de luz en mitad de la noche.
“Servir cabeza vieja bandeja plata, stop”.
No se puede ser más claro por cinco chelines.

Cuando llegué a Parsons Manor, la oscuridad reinaba en la planta noble y sus habitantes rondaban por los corredores como almas en pena. El viejo Lord, royendo unas galletas rancias en la soledad de su gabinete, era la viva imagen de la desolación.

Decidí coger el toro por los cuernos y me encaminé hacia la cocina sin más dilación. 
Si hablamos de la señora Muffwater, lo de “coger el toro por los cuernos” tiene poco de metáfora. Al adentrarme en sus cavernosos dominios, tenía la misma flojera en las rodillas que aquel tipo, Teseo, en el laberinto del Minotauro.
Crucé el umbral de la cocina, y allí estaba ella, mirándome con ojos de fuego.

-Señora Muffwater: su honor ha sido ofendido y debe ser vengado. He venido hasta aquí para asegurarme de que así sea.

Mis palabras parecieron desconcertarla. Poco a poco, el brillo de su mirada fue tornándose menos homicida, y asomó a sus labios algo remotamente parecido a una sonrisa.
Los demás miembros del servicio fueron asomándose desde sus madrigueras y pronto la casa entera bullía en un paroxismo de energía culinaria.

Los Príncipes fueron recibidos con la oportuna pompa de una corte oriental, y el comedor de gala ardió en destellos de plata vieja y cristal de Bohemia.

Lady Cheddar, tan reseca como siempre y rebozada en diamantes como un calamar a la romana, fue colocada a la izquierda del Príncipe, pues, pese a tener el estómago de un moribundo, su conversación viperina y su conocimiento del Peerage no tienen competencia en los Dos Reinos.

La tradición familiar establece que a Lady Cheddar le sean servidas diminutas porciones del menú, cuidando de que éste no contenga demasiadas grasas y, bajo ningún concepto, carne de aves ni marisco.
El menú de la cena, cuidadosamente seleccionado por Mrs. Muffwater, consistió en:
 
Langouste en Bellevue
Écrevisses à la Armoricaine
Homard à la Newburg
Poularde de Bresse Périgourdine y
Foie Gras frais à la gelé de Porto.

Esquivando sus disimulados intentos de clavarme el tenedor, me aseguré de que le fueran servidas generosas porciones de todo ello.

Ni siquiera la buena crianza es báculo firme para engullir del plato semejantes dosis de crustáceos. El ánimo desfallece y busca en el vino la fortaleza que le falta.
Conscientes de ello, tanto el Côtes de Beaune como el Margaux y el Sauternes llegaban de la cocina a su copa reforzados con ginebra de garrafón.

Hasta aquí, todo marchaba según lo previsto, pero los dioses tienen leyes secretas que los mortales desconocen: al parecer, existe un entente siniestro entre la dieta de marisco y el licor sin refinar, al menos, por lo que a Lady Cheddar se refiere. No sólo engulló la cena como un estibador, sino que, a los postres, comenzó a dar muestras de inusitada vivacidad en alguien que ya era vieja y achacosa en vida de la Reina Emperatriz.
Comenzó por reírse estentóreamente de los comentarios del Príncipe. De ahí pasó a llamarle “Viejo Patillas”, lo que pareció caer en gracia a Su Alteza. No así a la Princesa, cuya ceja izquierda fue elevándose hasta alcanzar casi la vertical.

Cuando las damas se levantaron, Lady Cheddar se repantingó en su silla, encendió un cigarro y dijo algo así como “que se vayan estas pipiolas. Así podremos hablar de cosas serias”, y pidió “una botella de brandy y unas cartas sin marcar”.
Los criados no volvimos a ser requeridos, de modo que no puedo facilitar detalles de lo que allí ocurrió, pero las risotadas del Príncipe podían oírse desde la cocina.

Las cosas habían tomado un sesgo imprevisto y ya dudaba de que nuestros planes fuesen coronados por el éxito, pero, cuando los Príncipes abandonaron la casa, Lady Cheddar hubo de ser llevada discretamente a sus habitaciones sobre una puerta, lo que, en palabras de Mrs. Muffwater, fue “poner a la vieja en su sitio”.

Te envío veinte libras para invertir en nuestro pequeño negocio, y cinco más para tu peculio particular.

Tu afectuoso sobrino,
Porridge.

TE DEUM LAUDAMUS

Donde la joven Parsons hace un feliz epílogo de lo sucedido.

Eugène, querido:

Sólo tengo tres cosas que decirte: ¡gracias, gracias, gracias!

El brote jacobino de Mrs. Muffwater se ha resuelto de una manera que ni en mis mejores sueños pude imaginar. 
La llegada de Porridge pareció amansarla por arte de birlibirloque, y nos ofreció una cena como nadie recordaba desde los felices días del Rey Eduardo.

Sólo te diré que, esta mañana, a la hora del desayuno, ha aparecido el Jefe de Correos de Parsonsville, embutido en su uniforme de gala con olor a naftalina, para entregar un telegrama del Primer Lord del Almirantazgo, en el que “en nombre de Su Majestad, felicita a sus queridos primos Lord y Lady Parsons por la hospitalidad ofrecida a Sus Altezas los Príncipes de Liechtenstein; digna muestra de la excelente sintonía entre nuestros respectivos países”.

Papá está encantado, y mamá se ha recuperado como por ensalmo de una jaqueca que amenazaba con durarle un lustro.

Es una pena que tía Cheddar no haya podido enterarse, pero papá la ha facturado por vía urgente a la isla de Jersey, en la esperanza de que la brisa marina obre un milagro sobre su lamentable estado de salud.

Ese Porridge es un tesoro. Cuídalo bien.

Siempre tuya:
Lou.

viernes, 13 de diciembre de 2024

V. LA VISITA DEL HIPOPÓTAMO


Donde Eugéne de Sans-Foy tiene carta de su viejo amigo y compañero Perry Lacoste, poniéndose de manifiesto que los amigos son para las ocasiones.


Eugène, viejo cacharro, tengo que pedirte un gran favor.
Los muchachos del Buzzy Bugs’ siempre nos hemos sacado las castañas del fuego unos a otros. Acuérdate de cuando Lady Raspa se empeñó en que cantases en el Coro Metodista, cómo te di asilo en el desván durante tres días...

Lo cierto es que no sé por donde empezar.
¿Te acuerdas de Susan Franklin? Es mi prometida desde hace nueve felicísimos meses: un ángel con los ojos de color violeta. 
Susan es hija del embajador norteamericano en Egipto. Nos conocimos allí, cuando yo sesteaba en la Legación Británica. Toda su familia tiene intereses en Medio Oriente. Para ellos, es tan familiar como Chelsea. Buena gente, franca y abierta... pero, en todas las familias hay un ogro, y ése es el viejo Senador Franklin, tío de Susan, ya a punto de retirarse.

El Senador es un reconocido demócrata, si bien algo tendente a tratar a todo el mundo como a botones de hotel. Acaba de finiquitar sus negocios en Egipto, y regresa camino de un feliz retiro en las praderas de Illinois.

Susan, que está comprando el ajuar de bodas en París, le contó lo de nuestro compromiso, y el viejo ha recalado en Londres para echarme un vistazo.
Si el vistazo es satisfactorio, se plasmará en un cheque transoceánico del tamaño de Illinois... Así que, me conviene aprobar el examen.
Ahí es donde quería llegar, Eugène, viejo cacharro: yo NO PUEDO ver al Senador, porque el maldito Senador ME CONOCE.

¿Te dice algo este titular del Daily Mail?
“REGATA INGLESA ARROJA SENADOR AL NILO”.

La cosa no pudo ser más tonta. Los muchachos de la Legación teníamos un ‘cuatro’ con el que regateábamos por el Gran Río. Aquél día, remábamos cerca de la orilla para esquivar a todas esas chocolateras flotantes que abarrotan las aguas profundas... y tuvimos la mala fortuna de enganchar un sedal, en cuyo extremo resultó haber un caballero obeso con botas de goma y salacot. 

Comprenderás que, a 11 millas por hora, el ‘cuatro’ tenía las de ganar... y el señor obeso se encontró chapoteando en el Nilo, como un hipopótamo particularmente torpe.
Conseguí pescarlo con el remo y empujarlo hasta la orilla, pero su actitud era tan poco amistosa que optamos por obviar las presentaciones y remar río abajo, mientras él nos perseguía blandiendo la caña de pescar.

Afortunadamente, el viejo ni se imagina que su “Juan el Bautista” y yo somos la misma persona... pero te garantizo que se acuerda de mi cara tanto como yo de la suya. 
¿Ves en qué negra encrucijada me coloca el aciago destino?
Sin visita, no hay cheque... pero, si me ve la cara, ni cheque ni boda.

Le he estado dando vueltas al asunto, y he reparado en un detalle vital: el Senador viene a Londres por última vez. No volveremos a verlo, salvo que nos asalte en el futuro el improbable deseo de ir a cazar bisontes. 
Y ahí es donde entras tú, mi buen amigo, mi fiel y queridísimo compañero desde los lejanos días del pan con chocolate y los calzones cortos: tú serás yo.

Parpadea cuanto quieras y vuelve a leerlo, porque será mucho más sencillo de lo que imaginas: recibirás al Senador, le estrecharás la mano y le dirás: ¿Cómo está Vd.? Soy Perry Lacoste, del Foreign Office. ¡Dios salve a los Estados Unidos de América!.”

Será sólo una cena, Eugène. Todo lo más, un desayuno.
Sólo tienes que seguirle la corriente y darle la razón en todo.
(Y eso eres un experto, gracias a tu tía Raspa).

Gracias anticipadas, viejo. Susan te manda un beso. Escríbenos a París con los detalles.

P.D.: El senador llegará a tu apartamento hoy, viernes, a eso de las cinco. No olvides poner mi nombre en el buzón.
Le gusta el pescado de río.


Tu eternamente agradecido amigo,

Perry


CAMBIO DE AIRES

Donde Eugène de Sans-Foy hace partícipe a la joven Lady Parsons de la satisfacción del deber cumplido.

Lou, querida:

Después de leer la carta de Perry, comprenderás por qué no pude asistir a tu festival benéfico. Una pena, porque mi versión de “The Prisoner’s Song” habría entusiasmado a todas las madres del condado, y puede que hasta a sus hijas.

Imaginarás que una carta como ésa dejaría K.O. a cualquiera que no tenga temple de acero y un espíritu verdaderamente aguerrido.
Carezco de ambas cosas, pero la carta llegó el viernes a las cinco menos cuarto, y el Senador tocaba enérgicamente el timbre quince minutos después.
Afortunadamente, Porridge sabe preparar la trucha asalmonada al estilo de Tipperary, y al maldito yanqui le gusta más la trucha que al propio Schubert.
Unas cuantas botellas de mi mejor Riesling Kabinett hicieron el resto.

Acabo de escribir a la feliz pareja, anunciándoles que el viejo Senador se aleja hacia el Nuevo Mundo con una inmejorable opinión de Mr. Perceval Lacoste.

Sólo he omitido un par de detalles especialmente halagüeños, de los que tendrán conocimiento a su debido tiempo.
El primero es que el Senador mantiene excelentes relaciones con Lord Hurricane-Storming, nuestro enérgico Secretario del Foreign and Commonwealth Affairs.
El segundo es que, según me ha cablegrafiado desde el barco, puedo dar por hecho que yo, Perry Lacoste, seré el flamante vicecónsul británico en Reikiavik, plaza por la que tanto suspiré durante la cena.

Después de meses de sofoco egipcio, la feliz pareja agradecerá un cambio de aires, ¿no crees?

Tuyo afectísimo,
Eugène.

viernes, 6 de diciembre de 2024

IV. EL CONDE BÉLA


Breve extracto del diario íntimo de Lady Isadora Parsons. 
Pueden Vds. preguntarse cómo ha llegado a nuestras páginas, pero dudo que lo hagan, porque ustedes también son unos cotillas.

Querido diario:

Desde que lo conocí casualmente, mientras contemplábamos “El Matrimonio Arnolfini” en la National Gallery, el conde Béla Dubrovnik habita en mis pensamientos como un doliente fantasma de los castillos de Valaquia. 
Es un alma atormentada, sin duda. ¡Y tan sensible!
Le he invitado a visitar Parsons Manor. ¿He hecho bien?

Béla...
Cuánto misterio encierran esas cuatro preciosas letras… B é l a…


NO LE QUITÉIS OJO

Donde Ebenezer McGrog, colosal mayordomo de Parsons Manor, descarga en sus tres hermanos la zozobra que atenaza su corazón: hay en juego una cuestión de honor. Y en el clan McGregor, con el honor no se juega.


Queridos Murdock, Malamute y Mordecai:

He sabido que en Glendhungledoo se murmura sobre la naturaleza de mi trabajo. Duncan Macallan le dijo a Gregor Glenfiddich que yo era “algo así como un criado”.
Duncan Macallan es una sucia rata de cloaca, y en modo alguno debéis permitir que persevere en sus insidias.
Los McGrog hemos sido mayordomos desde mucho antes de que se llevaran los estampados a cuadros: desde los tiempos heroicos de Uther Pendragon. Y eso es mucho antes de que los Macallan se atrevieran a bajar de los árboles, aunque está en duda que llegaran a subir.

Pero no os molestaría por un asunto tan insignificante. Lo cierto es que a mi joven señora, Lady Isadora Parsons, le ha acometido una de esas crisis pasajeras que la incitan a pequeños despropósitos, como viajar al Continente o asistir a conferencias sufragistas.
Afortunadamente, esta vez la cosa no es tan grave: parte de excursión a las Tierras Altas “para poner en sintonía su desolado espíritu con el paisaje invernal”. 
No sé exactamente a qué se refiere, pero confío en que no le llevará más de dos semanas.

El problema es que no viaja sola. 
Además de Rose, su doncella, y las dos hermanas Poppins, viaja con ellas un fulano harto dudoso y, para colmo, extranjero, al que Milady conoció en Londres. Un fulano que se presentó en Parsons Manor de noche, sin equipaje y embozado en una capa de fieltro: el presunto conde Béla Dubrovnik.

Como van a alojarse en Cardigan Castle, bien podríais echar un ojo, sobre todo a ese tipo, de cuyas intenciones me fío menos que del salmón enlatado que vendemos a los yanquis, Dios nos perdone.

Tenedme al corriente. No hace falta que os diga que el honor de Lady Isadora es el honor de los McGrog.

Sinceramente,
Ebenezer.


EL PÁJARO VOLÓ

Donde Mordecai, el menor y más locuaz de los trillizos McGrog, pone al corriente a Ebenezer del feliz desenlace del asunto que nos ocupa.

Querido Ebenezer:

A la conclusión de la presente, coincidirás con nosotros en que el asunto del conde Dubrovnik ha quedado resuelto a plena satisfacción. 
Sus andanzas nocturnas en bicicleta, a capa desplegada, provocaron alguna alarma en los alrededores de Cardigan Castle; pero Malamute, que tiene buenas piernas, no dudó en seguirle por los oscuros caminos, y nos puso tras la pista de la verdadera naturaleza del personaje.

Durante el día, el conde acompañaba a las damas como un alma en pena, dejando escapar suspiros que acentuaban su deplorable aspecto continental. 

Murdock dice que, en sus tiempos de recluta, a eso le llamaban “hacerse el pollo lastimero”, y es una estratagema de probada eficacia con el elemento femenino.

Las señoritas se desvivían por atenderle. Una de las hermanas Poppins, la gordita, le tejió una bufanda que le hacía parecer un palo al que se ha atado un calcetín.
Lady Isadora mantenía la dignidad propia de su rango, pero, al tercer día, observamos que ella también suspiraba... y eso no nos gustó nada. Era preciso actuar.

Ya habíamos detectado que, entrada la noche, el conde tomaba prestada una bicicleta y abandonaba furtivamente la seguridad del castillo. 
Malamute envolvió con trapos los cascos de Pantorrillas, nuestro mejor pony, y se dispuso a seguirle. El viaje no fue largo.
La primera parada la hizo en “Las Armas del Almirante”, donde se tomó cuatro pintas de stout en lo que Malamute tardó en amarrar su montura. 
La segunda parada le llevó hasta “El Gaitero Soñador”, donde fueron seis pintas más y otras tantas copas del cristalino estimulante que allí llaman whisky, y en el resto del mundo, aguarrás.

La tercera parada la hizo en una zanja no demasiado profunda, ya de vuelta al castillo, donde pasó buena parte de la noche, hasta que, con la aurora, cobró fuerzas para acodarse en la bicicleta y regresar al hogar.

A la noche siguiente, la guardia de Malamute fue en vano, porque el conde no abandonó su guarida. Eso nos dio tiempo para hacer averiguaciones entre los parroquianos y descubrir que la marcada dicción transilvana del conde Dubrovnik se troca en fuerte acento galés cuando se amorra a la botella.
Y tirando del hilo... descubrimos otras cosas que saldrán a colación a su debido tiempo.

La noche siguiente no fue preciso esperarle junto a los fosos del castillo.
A eso de las doce, nos encaminamos tranquilamente a “El Gaitero Soñador”, donde le encontramos rodeado de parroquianos a los que obsequiaba con una versión beoda, pero bien entonada, de “Y Ferch Yn Ffair Llanidloes”.

-“Canta Vd. muy bien, señor Dubrovnik” –dijo Murdock- “Que me ahorquen si no me recuerda a aquél muchacho, Cecil Blevins, al que tan injustamente condenaron por falsificación y estafa en Swansea, hará ahora dos años”.

La torpe intromisión de Murdock privó a los parroquianos del estribillo y al señor Dubrovnik del habla. 
El resto puede resumirse en que el conde consideró del todo innecesario prolongar su estancia en Cardigan Castle y en todo el Reino de Escocia, prestándose voluntariamente a redactar una nota para las señoritas, en la que se excusaba por lo repentino de su partida, pues acababa de saber que su mamá, la condesa, se encontraba mal de salud.

Malamute, siempre tan pesimista, llevaba su “cariñosa” en el bolsillo, por si el asunto requería de alguna persuasión táctil... pero no hubo ocasión. Muy al contrario: la actitud del conde fue tan caballerosa que no pudimos por menos que invitarle a algunas rondas, por valor de una libra y siete chelines, que puedes reembolsarnos por el conducto habitual.

En casa, todos bien. Lord Marlborough, nuestro querido cerdo, montó a la marrana de los Glengoyne, por lo que nos corresponde un tercio de los cochinillos; pero la muy puerca ha parido trece, por lo que habrá que esperar a que engorden para que nos den cuatro cerdos y un tercio, pagando nuestra parte de la manutención.

Tuyos afectísimos,
Murdoch, Malamute y Mordacai McGrog.

viernes, 29 de noviembre de 2024

III. EL ZORRO EN EL GALLINERO



Donde Monsieur de Sans-Foy plantea ciertas reticencias a Lady Parsons sobre su círculo social.

¿Cómo has podido, Lou? ¿Cómo has podido asestarme un golpe tan bajo?
Invitar al primo Horatius a Parsons Manor es de una perfidia que avergonzaría al Rey Herodes.
¿Cómo has podido invitarle al torneo de croquet, estando ahí mi tía, Lady Raspa?
¿Es que no sabes que Horatius corretea tras su herencia como una hiena tras un bistec atado a un palo? 
Llevo demasiados años aguantando a la maldita bruja, para dejar ahora que un niñato inmoral que sólo piensa en el dinero me sustituya en su duro y tres veces infartado corazón.

Además... Horatius me odia. Es rencoroso y carece del noble espíritu deportivo que ha sido la divisa de nuestra familia desde que Godofredo el Tarambana le metió aquella lagartija en la armadura a Guillermo el Conquistador.

Recordarás que, la última vez que estuvo en Londres, se instaló a mi costa en “Los Alegres Zumbones” durante casi un mes...
Los muchachos y yo no encontramos otra forma de librarnos de él que aprovechar una de sus cogorzas y facturarlo en paquebote rumbo a Ciudad del Cabo. 
Un barco precioso. Cualquier gaznápiro de su edad habría apreciado el gesto... ¡Pues no! Ahí lo tienes. De vuelta, y en pie de guerra.
Muy bien. Él se lo ha buscado.

Lamento que te pongas de su parte. Y te advierto que cualquiera que se interponga entre mi natural caballeresco y las 15.000 al año de tía Raspa, se está metiendo en un avispero. Arrieritos somos.



CUANTO MÁS CONOZCO A LA TÍA, MÁS QUIERO A SU PERRO

Donde Wilbur Porridge, recientemente ascendido a la dignidad de ayuda de cámara de Monsieur, ilustra a su tío Seamus de la naturaleza de sus quehaceres.


Querido tío Seamus:

La pasada semana tuve el honor de acompañar a Monsieur al famoso castillo de Parsons Manor. La iglesia parroquial de Pudding Point, con su cementerio anexo, cabría perfectamente en el vestíbulo, y aún sobraría sitio para el pub de O’Raferty y el almacén de patatas.
Me adapté bastante bien al entorno. Cierto es que, el primer día, fui objeto de burla por hacer la reverencia a una damita elegante que resultó ser doncella de Lady Parsons; pero es que, en estos parajes, nadie parece haber pisado jamás una boñiga de vaca.

Como te dije en mi carta anterior, el objeto de nuestra visita era pararle los pies a cierto Mr. Horatius Binkley, pariente y rival de Monsieur en el afecto de su vieja tía, a la que reconocerías en cualquier parte por su extraordinario parecido con un arenque ahumado.

El asunto era peliagudo. Monsieur esperaba un combate entre un peso wélter y un peso mosca, pero el tal Binkley resultó tener mucho juego de piernas.
Si algo odio en esta vida, aparte de la resaca de licores dulces, es un mozalbete blandurrio y zalamero. El señorito Horatius es muestra y botón de esa retorcida especie. 

Me percaté en seguida de que no era de los que descalifican a su rival, sino que recurría a la técnica del elogio envenenado:
Cada vez que Lady Raspa despotricaba de Monsieur, el muy ladino apostillaba un “perdónale, tiíta. Ya sabes cómo es”, y cogía en brazos al chihuahua de la vieja, una birria achacosa llamada Panchovilla.

Los días iban pasando, y aquél gusano de Horatius remontaba posiciones como un purasangre, mientras mi señor era relegado a la condición de oveja negra.
Aquéllo iba de mal en peor, y la creciente cordialidad entre Horatius y Panchovilla era la prueba irrefutable.

Mi conocimiento de la psicología animal me puso en camino de la solución: Panchovilla era el campo donde libraríamos aquella batalla.
Así se lo hice saber a Monsieur, pero sus torpes intentos de aproximación al can se saldaban con una dentellada y una mirada de reproche por parte de la tía.

Cuando vi que el perro elegía la tumbona del maldito Horatius para dormir la siesta, estuve a punto de tirar la toalla.

Pero soy un Porridge, y un Porridge no se rinde sin presentar batalla. Como tú me enseñaste, “si no alcanzas la nariz de tu enemigo, échale arena a los ojos y patéale las pantorrillas”.

La tarde del último domingo había llegado. Las señoras sesteaban en la rosaleda, y el mezquino Horatius Binkley, con el aplomo de quien ha sido coronado por los laureles del triunfo, fue a buscar a Panchovilla para darle su cotidiana sesión de carantoñas.
Al no encontrarlo junto a Lady Raspa, se dirigió a su propia tumbona y metió la mano debajo, con la confianza de quien nunca se ha topado con algo verdaderamente horrible debajo de una piedra plana. Debo decir que su confianza se desvaneció de golpe, amputada por un mordisco feroz.

El alarido y las subsiguientes blasfemias, que pudieron oírse en varias millas a la redonda, sacaron a las damas de su letargo, colocándolas en un estado de perpleja indignación.

El espectáculo que se presentaba ante sus ojos era el de un desconocido Horatius, poseído por la furia, abalanzándose sobre el minúsculo Panchovilla, que en ese momento salía disparado desde un seto próximo.

Si bien sus intentos de acertarle una patada no se vieron coronados por el éxito, sus intenciones fueron nítidamente expresadas con un vocabulario que habría escandalizado a un estibador.

Cuando, tras perseguir infructuosamente a Panchovilla a través de varios macizos de hortensias, consiguió sobreponerse a su ira perricida, la mirada de Lady Raspa se parecía bastante a la de esa señora griega a la que pintan con un bisoñé de serpientes sobre la cabeza.

-¡Me ha mordido! ¡El maldito bastardo me ha mordido!

-¡Horatius! ¡Si ese es tu modo de comportarte, es mejor que vuelvas con hotentotes o donde demonios estuvieras!

No tuve tiempo para recrearme en el éxito. Oculto tras el seto, tiré de la cuerda con la que tenía precariamente sujeto al tejón debajo de la tumbona de Horatius. Ya sabes cómo se las gastan esos bichos: un descuido, y mi mano habría acabado como la del pobre desgraciado: algo a medio camino entre un guante de caucho inflado y las ubres de una vaca.

En fin... No quiero pavonearme, pero, con la sola ayuda de la Madre Naturaleza, repuse a mi señor en su justo lugar en el corazón y el testamento de la vieja dama. 
El talento de los Porridge ha sido enaltecido y mi posición doméstica es, me atrevería a decirlo, la de un sirviente que cuenta con el aprecio de su señor.

P.S.: Te adjunto un billete de veinte libras para que lo inviertas, con la comisión habitual, en nuestro pequeño negocio de préstamos.

Recibe el sincero afecto de tu socio y sobrino
Wilbur